El experto en mitologías se convirtió e un mito legendario al atravesar la frontera de los 100 años. Parecía olvidado aunque es inolvidable. Claude Lévi Strauss se apegó a su descendencia levítica al estudiar, con hondura particular, las relaciones entre la Naturaleza y la esencia humana. Una dialéctica que gesta el mito- magia y verdad- como verosímil explicación.
Su muerte agita el mundo intelectual y académico. Quién no debió leerlo en las clases de etnología, sociología, y psicología, sin dejar de lado a la linguistica?
A pesar de que odiaba ” viajes y exploradores” como escribió en el inicio de Tristes Trópicos, llegó a Brasil en los treinta para estudiar las costumbres y ritos de las tribus amazónicas. En 1939 retornó a Francia, pero cuando los alemanes invadieron París supo que, como judío, no podía sobrevivir. Se refugio en Estados Unidos. Allí conoció al linguista Roman Jacobson que lo introdujo a las posturas estructuralistas en el lenguaje y en la organización social.
Este ineludible antropólogo canceló cualquier diferencia cualitativa entre el salvaje y el hombre ilustrado. No se distancia uno del otro. Y no hay lugar ni para ensoñaciones del primitivismo a la Rousseau ni a censuras como formuló el biologismo nazi. Cada uno de nosotros vive y se conforma según su circunstancia, como dirá Gasset.
Fue el primer etnólogo en ingresar a la Academia Francesa, y en unión de Sartre y de Barth agitó la escena intelectual parisina.
Se fue pero sus escritos quedaron. Una herencia que lo inmortaliza y nos sigue comprometiendo.
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