Viajar a lugares inéditos, soñados, es una vivencia singular. Alargamos así el abanico de la experiencia; enriquecemos el misterio de vivir; saboreamos lo desconocido y lo extraño, aunque sea temible; y nos vemos en otro espejo, en el espejo del Otro que estimula la modestia y la tolerncia.
Pero no menos importante es retornar a lo sabido, a lo familiar, al hogar. Como en este caso. Después de unas vacaciones forzadas en las peripecias del blog, regreso a este espacio para dialogar – si suscite interés- en algún lector que a veces deja testimonio y reacción, y a veces deja el escrito con un suspiro o reflexión. Es suficiente: justifica este acto de escribir.
En estos días recorro Buenos Aires, con aires cambiantes. A veces húmedos por la lluvia, y a veces por un calor que apenas permite respirar.
Ciudad apasionante ésta. No sólo por la milonga y el buen teatro. También por su ruidosa política de la cual hablaré en otro momento. Por ahora, para consolar a los mexicanos, puntualizaré que la violencia y la inseguridad no son “privilegios” sólo del país azteca. Tamben aquí. los robos y asesinatos proliferan. Siembran y fomentan la paranoia pública. Aparentemente es una dimensión de esta modernidad que nos torna más y más primitivos. Retorno a la barbarie por las avenidas del internet, de los celulares, del GPS.
Seguiré escribiendo con la hospitalidad que me ofrecen y el interés que pueda encender.
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