Para el uruguayo Juan Carlos Onetti no hubo personaje literario más intrigante y enigmático  que Maigret; para Mauriac, Simenon fue el mejor novelista de Francia en el siglo XX. Y para todos es una figura que mostró una formidable producción, desde ligeros cuentos policiales para hacerse de algunos francos en su adolescencia hasta novelas que, con breves sentencias, describieron aspectos oscuros de la naturaleza humana.

  Sus Memorias ïntimas  publicadas en dos volúmenes por Punto de  Lectura ( excelente traucción de Basilio Losada) cuentan su tragedia personal cuando su hija, por sentimientos eróticos encontrados con el padre, resuelve suicidarse. Una tragedia que abultó la melancolía en su vida. Y no esconde en sus recuerdos sus inclinaciones a conocer- al menos por una noche- a todas las mujeres ligeras de Paris. El contó 2000 ( dos mil)  pero su segunda mujer, tolerante de estas debilidades, le corrigió: fueron ” solamente” 1200.

  Su hijo cuenta, en reciente entrevista, que cuando identificaba o fantaseaba un personaje y la localización de su drama, se encerraba durante once horas en cuarto. Desde la entrada de la casa a la habitación colgaban carteles:  ” No molestar”. Y en un par de semanas, o menos, alumbraba un nuevo libro.

  Costumbre obsesiva que no le vedaba compartir momentos con sus hijos. Y luego trasnochaba en los prostíbulos. A la búsqueda de un consuelo o respiro.

  Dedicación excluyente a la letra que me recuerda las inclinaciones de Vargas Llosa, aunque no sé si también el peruano-español busca similar consuelo después de despacharse una novela.

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