Hace unos días, los periodistas legendarios Bob Woodward y Carl Bernstein debatieron con el actor y activista Robert Redford la calidad del periodismo actual. Como se recordará, los primeros dedicaron dos años a una afiebrada actividad conducente a investigar los costados oscuros del Watergate. Las pesquisas tuvieron buenos resultados para la democracia norteamericana: el Presidente Nixon debió renunciar a su cargo.
La reunión de este celebrado trío no fue consagrada a escarbar sólo el pasado. Se convirtió en un balance crítico de la prensa escrita y de sus actores en estos días. El debate contiene lecciones muy importantes para países, como los latinoamericanos, donde la relación prensa-política es excesivamente apretada, de modo que uno oculta o disimula los errores y delitos del segundo.
No sólo la transformación de los grupos periodísticos en empresas cotizables en la bolsa es la causa de este nefasto matrimonio. Abrumados por la ascendente crisis del periodismo escrito – algunas encuestas indican que sólo uno de cada diez habitantes lee algún medio diariamente en países industriales; cabe suponer que en México el porcentaje es decididamente ínferior – dar noticias con rapidez, sin investigaciones ni escarceos profundos, se convierte en una necesidad estructural. Esta circunstancia tendrá efectos adversos: acelerará la caída de este medio en favor del internet que permite revelar los lados oscuros del paisaje nacional con rapidez y sin riesgos.
Los periodistas Woodward y Bernstein dieron en su momento una lección de perserverancia y honestidad. La necesitamos. Si los lectores fueran menos indiferentes y reaccionaran con comentarios críticos a la pereza y tedio de los medios escritos de información, leer un periódico tendría todavía algún valor. Y la democracia habrá ganado puntaje.


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Personajes, sucesos y letras.
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