George Soros no es solamente un multimillonario que dedica amplias porciones de su riqueza a iniciativas filantrópicas y sociales. Sus penosas experiencias como judío húngaro en la II Guerra afilan su sensibilidad pública y su quehacer intelectual. Acaba de publicar un nuevo libro: The New Paradigm for Financial Markets. Cabe esperar que pronto verá luz en castellano. Y para difundir sus ideas más allá de los que todavía leen libros, publicó reflexiones sobre la actual crisis financiera en el celebrado New York Times Review of Books de la primera quincena de diciembre. Lectura obligatoria. Recomienda regular a los mercados pero sin olvidar que los reguladores son políticos y burócratas sometidos a malsanas presiones. Consejo pertinente, especialmente en economías como la mexicana que procuran sortear trastornos exógenos que las conmueven.

    ” Qué hacer en la crisis “-  se pregunta George Soros. Para atinar a una respuesta adecuada, Soros estudia primero los orígenes de los trastornos que, como bola de nieve, alterar hoy los mercados financieros con efectos reales en el producto y en los mercados laborales. Sugiere que la presente crisis no es resultado de un agente exógeno, como el alza repentina de los precios del petróleo o la quiebra de voluminosas empresas financieras. La causa es interna: el pésimo manejo de los mercados de inmuebles y de los préstamos hipotecarios. En esto no es original. Sin embargo, acierta en aseverar que los mercados no se ajustan espontánea y sabiamente, como los rabiosos partidarios del liberalismo económico nos conducen a pensar. Cabe ayudar al juego divino de la oferta y de la demanda, que a menudo conduce a persistentes desequilibrios.

   Soros opina que el análisis de los mercados es inevitablemente imperfecto. Y cuando no tenemos conciencia de los grados de error en el análisis o en las predicciones, las equivocaciones se agigantan. Por que – Soros nos obliga a recordar – los ciclos ascendentes son lentos y suben gradualmente, mientras que cuando, bajan, lo hacen rápida y estrepitosamente. El tiempo para corregir esta tendencia es escaso.

   Por añadidura: los desbarajustes se originan en los centros económicos hegemónicos y de allí se difunden a la periferia  subdesarrollada. Sin embargo, la capacidad de ajuste es mucho más eficiente en los primeros, en tanto que las “economías emergentes ” padecen el abandono súbito de capital y carecen de la información indispensable para responden creativamente a la crisis. Soros se abstiene de hacer recomendaciones a la periferia, pero cabe adivinarlas: los economistas deben abandonar sus impecables modelos matemáticos para cultivar superior sensibilidad a los factores políticos.

   El autor apoya las intervenciones gubernamentales que hoy alteran la fisonomía tradicional del capitalismo. Pero formula una sabia advertencia: las regulaciones son propiciadas y llevadas a cabo por políticos y burócratas. Y en países donde estas figuras no son debidamente controladas, la crisis puede magnificarse, ya no por desaciertos de los mercados sino por la corrupción de los que pretenden manejarlo.


Las severas alteraciones del comercio internacional no han frenado a los manifestantes del partido Alianza Popular por la Democracia ( APD) que representa los intereses de las elites tailandeses. El gobierno debió recular al viejo aeropuerto de Bangkok, desde que los militantes de la Alianza invadieran las oficinas públicas el último agosto. Los militares salen nuevamente a las calles para silenciar a los manifestantes. Y en estas acciones, podrían encarar la tentación de propinar otro golpe de estado, similar al acontecido hace un par de años.

   Malas noticias en Bangkok. En lugar de presentar una sólida y mancomunada posición para moderar los efectos de la crisis financiera que conmueve a la “aldea global “, el elitista partido APD multiplica las manifestaciones protesta contra el gobierno gestando así una peligrosa inestabilidad. Tailandia depende económicamente del turismo y de las exportaciones, dos rubros incompatibles con la presente agitación.

   El líder de la APD, Somsak Kosaikuk, no cesa de arengar a sus partidarios vestidos con camisetas amarillas y armados con barras de hierro y palos de golf. Intentan interrumpir el tráfico aéreo en pocas horas a fin de causar molestias al Primer Ministro Somshai Wongsawat que se encuentra en Perú, en una conferencia del APEC. El propósito es exigir la renuncia de este personaje, que es cuñado del ex canciller Shinawatra depuesto por un golpe militar en 2006.

  El verdadero peligro reside en la renovada movilización de unidades militares con la orden de reprimir a los manifestantes. Arma de doble filo en este país. El alto mando del ejército podría tener – o inventar – una excusa para propinar otro golpe de Estado, en momentos en que la situación económica y financiera de Tailandia – como la de no pocos países – es extremadamente delicada. Tal vez en esta oportunidad la sensatez los frenará.


El descalabro financiero es una bola de nieve que arrastra en su brusco paso a todos los países. De aquí la importancia de la reunión de los G-20, pues incluye a numerosos países considerados ” potencias medias ” o ” economías prescindibles” ineptas para formar parte del excluyente G-7. Acertada decisión que amplía el aporte de las economías en desarrollo, a condición de que también éstas reciban estímulos crediticios y fiscales que les permita atenuar la crisis.

El trastorno financiero enrojece los números en casi todos los países que toman parte en el comercio mundial. Sufrirán especialmente aquellas economías – como las latinoamericanas – que estimulan el desarrollo con base en exportaciones, desde el trigo al petróleo. La contracción ya es grave, y lo peor acaso está por delante.  De aquí que la reciente reunión en Washington de los G-20 constituye una decisión alentadora. No sólo las grandes potencias sino países periféricos se reunieron a fin de convenir medidas. Y actuaron con celeridad. Uno de los temas cardinales hoy es poner en justa perspectiva cualquier política proteccionista. Es claro que cada país – empezando por USA – procurará defenderse a través de regulaciones en los mercados, medida que muda la fisonomía tradicional del sistema capitalista y la fe casi religiosa en la sabiduría del mercado. Pero no cabe marchar demasiado lejos ni demasiado rápido. La globalización ofrece más altas perspectivas.

  Qué pueden hacer países en desarrollo como México? Se me ocurre que tres decisiones son importantes:

-  Poner acento en la formación de capital humano. En no pocos casos, las universidades incurren en una rutina administrativa e intelectual indiferente a las cualitativas mudanzas que se han producido en le mundo, en cuanto a las técnicas de administración, previsión y aliento al recurso humano.

- Difundir el conocimiento tecnológico y tornarlo en un bien popular. No pertenecen a elite alguna. Programas sustentados en todos los medios  ( periódicos, televisión, bibliotecas ambulantes ) deben buscar la asimilación masiva de las innovaciones, con el propósito de superar rutinas que paralizan el crecimiento.

-  Finalmente, la política   fiscal debe ser revisada.  Se sabe que el decil superior en materia de ingreso no paga- o elude – los impuestos que le corresponden por ley. Y, por otra parte, sectores medios y de bajos ingresos son castigados con impuestos injustos – como el IVA – que ignoran las divergencias económicas entre estos sectores. Impuestos regresivos deben ser reconsiderados.

  El  G-20 implica probablemente el declive de cónclaves minoritarios como el G-7. Pero supone mayor responsabilidad y lucidez en los países que hasta el momento se han encontrado fuera – o ajenos – a las decisiones mundiales.


La aparición del periódico cotidiano, como medio de comunicación masiva, apareció alrededor del siglo XVII en Europa occidental. Como otras invenciones que ya se consideran ” obsoletas ” ( desde el teléfono público a los pequeños e íntimos almacenes y boutiques ), el declive de la prensa escrita parece imparable. Los sitios ilustrados del Internet, la caída de los avisos publicitarios, y los descalabros financieros actuales que ya repercuten en la economía real en la forma de despidos masivos- parecen anunciar la desaparición de los cotidianos, a menos que inventan alguna fórmula genial que les brinde algunos años más de sobrevivencia.

 

   Las estadísticas, al menos esta vez, no engañan. Periódicos consagrados como el Washington Post, New York Times, Los Angeles Times  y Chicago Tribune, así como afamados rotativos franceses , alemanes e ingleses, empiezan a revelan número rojos en el número de lectores. La caída se aproxima al 20 porciento en el último año en promedio. El uso de papel barato y el acento en noticias morbosas capaces de encender la humana curiosidad ya no son útiles. El declive parece imparable. En rigor, es posible estar muy bien informado con la lectura regular de múltiples sitios en el Internet que ofrecen noticias que se refrescan cada hora. Claramente, los actuales  trastornos de la economía influyen en el consumidor de la noticia  escrita. En el marco de  la contracción de su presupuesto, cancela suscripciones que mantuvo durante varias décadas.

  Una de las excepciones de esta tendencia es, de momento, “US Today “   y Washington Post, que cuentan con lectores que buscan ya sea la noticia escrita con sencillez y vistoso aparato fotográfico como es el caso del primero, o ensayos algo más profundos y documentados que caracterizan al segundo. Pero en general, el cuadro parece indicar la agonía imparable de  la crónica escrita.  El despido de periodistas ya es costumbre, mas no es suficiente. Una de las soluciones es convertir el cotidiano en semanario como ya lo hizo el Christian Science Monitor  mientras que US News and World Report transita a entregas mensuales.

   No sólo los avisos comerciales se han contraído.  También las ofertas de  puestos de trabajo. El Internet parece ofrecer más altas perspectivas. Ciertamente, no siempre es cómodo  apreciar la noticia en pantallas estrechas del televisor; pero si algo de interés  allí se anuncia, no hay escollos para imprimir la hoja y leerla con detenimiento.

   Dos soluciones a esta crisis se antojan recomendables. Una, alentar la fusión de cotidianos que hasta el presente se configuraban rivales, con interpretaciones propias – inevitablemente subjetivas y parciales – de los acontecimientos que modelan el entorno nacional o internacional. Y la segunda, mejorar la calidad de los textos  de modo que el lector ávido del comentario no pueda prescindir de la página escrita.  Tal vez el ejemplo del New York Times Review of Books indica el camino, al menos para quien escribe. No puedo elevar el pensamiento de discontinuar su lectura después de treinta años consumirla, como si fuera una droga indispensable.


El lugar de México en la producción y exportación de petróleo desciende vertiginosamente. Ocupa el onceavo lugar. Rusia, Arabia Saudita y Noruega la superan con amplitud. El sensible bajón en los precios conmoverá negativamente a su economía y a la sociedad. Sin embargo, PEMEX no atina a encontrar la respuesta indispensable.

El maestro Cinna Lomnitz acaba de publicar en Nexos del corriente mes un amplio y sabroso ensayo en torno al descenso de la producción de hidrocarburos en el país y las probables consecuencias. Acierta en afirmar que la ausencia de geofísicos de alto nivel menoscaba las posibilidades de mejorar la producción buscando y explotando nuevos recursos. Su planteamiento es estrictamente profesional; no alude a la corrupción y a las negligencias que caracterizan a esta industria. Cabe atender sus recomendaciones.

  Hace algunos meses visité Brasil. Retornaré el mes entrante. La preocupación de los cariocas por la producción petrolera es seria y auténtica. En el fondo del mar, frente a Río de Janeiro, poseen el oro negro. Y están dispuestos a explotarlo. Petrobras ha creado centros de investigación de alto nivel, y no vacila en contratar profesionales que ayudarán a consolidar los conocimientos de los recursos locales. Precisan nuevas fuentes de financiamiento.  No tengo dudas que las encontrarán. Un ejemplo instructivo que acaso México podría emular.

  La violencia que conmueve al país tal vez atrae con razón a la opinión pública. Pero no debe monopolizarla. Acabar o controlar a las mafias y moderar la difusión de   drogas en el país son tareas importantes. De lo contrario, la violencia interna se extenderá y contagiará  otros sectores. Pero no menos importante es atender las incertidumbres gestadas por la actual crisis financiera y real que aqueja a este universo globalizado. Buscar sabiamente nuevas fuentes del oro negro debería formar parte de una nueva estrategia, al calor precisamente de los vaivenes actuales.


El ascenso de Obama a la Casa Blanca suscita expectativas mesiánicas. Como si la fisonomía hoy imperial de USA y sus descalabros internos mudarán faz cuando transite de Chicago a Washington el próximo enero. Conviene preservar las expectativas en una justa y realista medida. Estados Unidos no se transformará en una social democracia similar a la que domina en Suecia, Francia o Alemania en múltiples cuestiones sociales, pero es capaz de inaugurar un capitalismo sensible, con rostro social y humano. Es lo mínimo que cabe esperar considerando el peso de variables económicas reales que no es corregible en el corto plazo.

   El éxtasis mesiánico que ha despertado en el mundo global la victoria de Barak Obama debe moderarse. Probablemente cumplirá la promesa de retirar gradualmente la presencia militar norteamericana en Irak y en Afganistán, y tal vez la prisión en Guantánamo cerrará sus puertas en breve. Sin embargo, el problema cardinal que Bush le deja en triste herencia es la situación económica y financiera del país, que tiene efectos multiplicados en países alejados geográficamente de Washington. Podrá tomar varias iniciativas alentadoras, pero el enorme déficit fiscal estadounidense le recorta su capacidad de maniobra. Entre ellas:

- Elevar la carga fiscal a las personas que ganan más de 250 mil dólares al año. En tiempos de Clinton, era del 39 porciento, Bush la rebajó en tres puntos para regocijo de las elites conservadores, Obama promete fijarlo en 40.  Justa medida, si al mismo tiempo reduce la carga fiscal de las minorías negras y latinas a fin de insertarlas en la clase media norteamericana.

- Ofrecer un seguro médico razonable a la mayoría de la población conforme a las intenciones de Hillary Clinton, que no tuvieron éxito. Hoy, 46 millones de norteamericanos carecen de servicios médicos, y 25 millones gozan parcialmente de ellos. Situación que cabe enmendar.

- Democratizar a los sindicatos es una necesidad imperiosa. La elección secreta de sus líderes alienta la corrupción.  Obama prometió corregir esta malsana costumbre, y es probable que lo logrará. Una nueva generación de líderes obreros brotará entonces.

- Un tema espinoso : limitar el libre comercio con otros países, especialmente las inversiones en la India y en China, que implican, de un lado, la vil explotación de la mano de obra barata en esos países, y, del otro, el recorte de las oportunidades laborales de los norteamericanos. India y China deberán preocuparse con sus propios recursos a fin de aliviar la angustia en sus mercados laborales. Desde luego, estos escollos al libre comercio disgustarán a las corporaciones internacionales al tiempo que mudarán el carácter francamente capitalista de la economía norteamericana. Obama deberá superarlos.

  Es previsible que la Obamanía y el justificado júbilo extático por la elección de Obama se  moderarán en los próximos meses. Los tiempos mesiánicos aún no han llegado. Conviene retomar y retornar a la realidad.


En la hora en que escribo aún no se conocen los resultados finales de la apasionante campaña electoral en USA. Apuesto por Barak Hussein Obama. No es decisión original o imprevista considerando los resultados convergentes de las encuestas. Suponiendo que llega a la Casa Blanca, opino que Obama debe cuidarse de tres peligros. Primero, de un intento de asesinato. Después, de una reacción adversa de los sectores blancos y protestantes si muestra una desmesurada simpatía por la causa de los negros y otras minorías. Finalmente, países como Rusia o Venezuela, o líderes de organizaciones terroristas, lo pondrán a prueba en los próximos meses. Deberá preverla y superarla.

    La victoria de Barak Obama parece cierta a pocas horas anteriores al recuento final. A menos que las encuestas sorprendan por su falta de puntería. Esta campaña es verdaderamente histórica y no sólo histérica. De un lado, un personaje como McCain que encarna los valores de la tradición norteamericana. Héroe de una guerra infortunada, prisionero que no titubeó en ayudar a sus compañeros en aprietos, libró una lucha persistente tratando de divorciarse del Presidente Bush, que pasará a la historia como uno de los presidentes más erráticos y errados de este país. 

  Y del otro, una joven figura, esbelta y de voz de barítono, que no sólo es negro sino que lleva como segundo apellido el temible nombre de Hussein. Acertó en exigir el cambio en Estados Unidos, una necesidad imperiosa si Estados Unidos desea preservar su hegemonía económica en el mundo y algún prestigio moral. En oposición a los rabiosos evangelistas que apoyan a McCain, Obama movilizó a sus partidarios que muestran no menor firmeza.

   Deberá cuidarse sin embargo de tres peligros.  Dos presidentes – Lincoln y Kennedy – que pusieron en entredicho a los grandes intereses de las elites norteamericanas  fueron asesinados. El intento podría repetirse.  Depende de los cuidados y de la estricta vigilancia de los servicios secretos.

  El segundo peligro es de otro carácter.  Si Obama adopta posiciones francamente a favor de minorías, como la negra o los hispanos, la reacción de los conservadores blancos tomará altura y volumen. Debe actuar con prudencia en la voluntad de cambio que pretende imprimir a la sociedad norteamericana.

   Finalmente, no faltarán países – desde Rusia a Venezuela – que intentarán poner a prueba su capacidad para adoptar decisiones y actuar con rapidez, como le ocurriera a Kennedy en la crisis cubana. También cabe la posibilidad de intentos terroristas en USA, en Irak y en Afganistán, que pretenderán medir la capacidad reactiva del nuevo Presidente.

  Cuidado, entonces, Obama.

 


Varias circunstancias convergen en la alta popularidad lograda por Barak Obama no sólo en Estados Unidos sino incluso en naciones que jamás ha visitado hasta el momento. Uno de ellas es indudablemente el sensible desprestigio del Presidente Bush, con sus aventuras irresponsables en Irak y en Afganistán con el pretexto de ” exportar la democracia”. Como si fuera una mercancía que se vende sin preparativos previos. Y otra es el ascenso de un representante de una minoría castigada y discriminada secularmente, un acto de justicia que todos celebramos. O casi todos. Las ambivalencias del público norteamericano son apenas confesables, y podrían manifestarse no sólo en el juego electoral sino en el ejercicio presidencial, si las encuestas son correctas. En pocas horas lo sabremos.

  El prestigio de Barak Obama – joven, articulado, negro, auspiciador de cambios – ha suscitado el apoyo y el entusiasmo en los rincones más alejados del globo. Las   razones son varias. Algunas evidentes y explícitas, y otras pertenecen al subconsciente colectivo de Estados Unidos y de colectividades que – paradójicamente – alimentan sentimientos antinorteamericanos.

   El probable ascenso de una generación joven en la Casa Blanca ya es un hecho auspicioso. Implica la posibilidad de un viraje refrescante que esta potencia precisa desde fines de la II Guerra. El colapso de la URSS, la hegemonía de China en algunas ramas del comercio internacional, la unión de Europa, el capitalismo estatista de Rusia, la configuración de Brasil como prometedora semipotencia, y la difusión del armamento nuclear en países como India, Israel e Irán:  factores que reclaman una reconfiguración de la hegemonía norteamericana en el mundo.

  Y esta generación joven es jefaturada por un negro que desafía la dominación blanca y protestante en este país. Acto de justicia que llega tal vez tardíamente, pero llega al fin. El apoyo no es unánime. Círculos poderosos en USA procurarán desteñir si no eliminar a esta figura y a la nueva constelación pública. Pero el avance parece irreversible.

  Indudablemente, la obamanía se origina también en factores negativos. Sentimientos adversos a Estados Unidos también la alimentan. Festejan la tristeza si no rabia que la insurgencia de minorías incita en este país. Y no advierten que Estados Unidos es una sociedad mucho más flexible que la presencia de fanáticos evangelistas y racistas nos lleva a pensar.

   En pocas horas sabremos quien se domiciliará en la Casa Blanca. Y si es Obama, cabe por un lado festejar este hecho,  pero, por otro, anticipar que algunos países y grupos divergentes pondrán a prueba en pocos meses la capacidad de gobierno de este líder, como ocurrió con Kennedy y la crisis que estalló simultáneamente en Turquía y en Cuba. Entonces, la obamanía encarará el primer desafío.  


Cabildear en Washington ( lobby) es una actividad legítima de todas las minorías y grupos de presión en Estados Unidos. No se le considera “un factor intrusivo ” o ” un atentado a la soberanía nacional”. Forma parte del quehacer cotidiano y previsible. Irlandeses, judíos y negros, así como empresarios y traficantes de armas, cuentan con y se apoyan en organizaciones que cortejan a congresistas, e incluso a las más elevadas figuras de la Casa Blanca. Los latinoamericanos- y México en especial- no maximizan esta oportunidad a pesar de que el número de “latinos” en USA frisa los 45 millones. La explicación de esta pálida influencia recorre varios temas: la desorganización y desprofesionalización de las cancillerías, sentimientos de culpa respecto de los emigrantes que fueron obligados a trasponer fronteras, la abulia de las embajadas que se domicilian en Washington. Hechos que deben ser corregidos, especialmente cuando la hegemonía norteamericana no ha flaqueado hasta el momento. Antes al contrario.

Barak Obama no visitó jamás ningún país latinoamericano, objeta el libre comercio con algunos países de la región, y ya ha manifestado su intención de dialogar con líderes como Chávez o los hermanos Castro, figuras que suelen intranquilizar a no pocos regímenes del área. Su actitud respecto a la migración latina a USA no es clara, y América Latina no se configura como un tema prioritario en su agenda. Apoyará a las clases medias, sin considerar si están compuestas por filipinos, chinos, irlandeses o mexicanos. Y la migración ilegal será castigada, al menos indirectamente.

  Un hecho que debe preocupar. Considérese – en llamativo contraste – la actitud hacia Israel, país que cuenta apenas con el uno por ciento de la población latinoamericana. Los candidatos se esmeran en mostrar simpatía y apoyo a sus problemas, pues desean ganar el voto de los judíos en USA que suman apenas cinco millones de personas, en contraste con los 45 millones de latinos. La explicación de esta asimetría se sustenta en la capacidad de organización y en la voluntad de ejercer el cabildeo en los centros nacionales de decisión, tendencia legítima en Estados Unidos. Todas las minorías y grupos de presión la cultivan. Pero los hispanos la descuidan.

   Una justificación parcial del hecho: por lo menos 12 millones de hispanos son ilegales. No pueden votar y tienden a eludir cualquier presencia en público. Por añadidura, no se ha consolidado ninguna organización que los represente de manera unánime, y hablan con múltiples voces que reflejan estrecheces particulares. Y en no pocos casos, los ciudadanos veteranos de origen latino, ya con raíces y con depurado idioma en USA, objetan el tránsito latino al país arguyendo que la migración ilegal agudiza los sentimientos adversos de los sentimientos de los norteamericanos “puros”- como si estos existieran.

   Se sabe que los migrantes hispanos no cultivan cordiales relaciones con la minoría negra, ya sea por las diferencias culturales, ya sea por la fiera competencia en algunos mercados laborales. Sin embargo, se anticipa que votarán a favor de Barak Obama más por el rechazo a los Republicanos que por simpatía con el joven candidato.

   Estas disparidades en la capacidad de influencia y cabildeo en Washington ponen al desnudo las persistentes negligencias de los gobiernos de la región latinoamericana. Ya sea por la hiperbólica concentración en los problemas internos que apenas dejan tiempo para considerar temas regionales e internacionales, ya sea por la culposa responsabilidad que tienen por las  forzadas migraciones al exterior, las cancillerías regionales eluden el ejercicio sistemático y eficaz del cabildeo. Una omisión que cabe enmendar. 

 

 

 



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