John Mc Cain sorprendió no sólo a los Demócratas al escoger a una mujer apenas conocida en los altos círculos norteamericanos, sino a su propio Partido. Sarah Palin sale del anonimato relativo, con un bebé de algunos meses que padece el mal de Down, y se lanza a la palestra pública. Desatino o decisión genial del senador de Arizona? Conviene revisar algunas circunstancias.

    Sarah Palin, gobernadora de Alaska desde hace un par de años, con nula experiencia política en materia internacional, es la candidata de John Mc Cain como compañera de la lista republicana. Fervorosa cristiana, con cinco hijos que exigen atención, la elección de Palin parece desatinada. Se opone al aborto, sostiene que el cambio climático no es causado por decisiones humanas, y alienta la búsqueda y explotación del petróleo no sólo en las costas de USA sino en la Reserva Natural del Artico, que goza de protección especial. Como se recordará, Alaska fue vendida por un Zar ruso a los Estados Unidos a mediados del siglo XIX, por una suma que hoy parece ridícula. Otra razón para que Moscú lamente la pérdida territorial. Sarah Palin fortalecerá sin duda la presencia norteamericana en los hielos de Alaska.

   A pesar de estas reservas y dudas, la elección de  una mujer en el boleto republicano puede constituir un acierto admirable. Primero, revelaría que John Mc Cain con sus 72 años está seguro que gozará de buena y larga salud al señalar a una candidata de 44 años como sucesora, si algún tropiezo en la salud o de otra índole lo incapacita. Después, la afiebrada fe cristiana de Palin atraerá el voto de los fundamentalistas y evangélicos, que han apoyado resueltamente a Bush. Se trata de una minoría que cuenta con varias decenas de millones de “hermanos en la fe “. En tercer lugar, su carácter de mujer tumbará las acusaciones de inflado machismo que se endosan a los Republicanos. Finalmente, su marido es un obrero sindicalista, por lo cual atraerá el voto de los sectores deprimidos.

   John Mc Cain reveló así fina puntería al escogerla, en contraste con Obama quien, por eludir a Hillary Clinton, podría perder la Casa Blanca.

 


Abad Al Nasser, el hombre que derrumbó la monarquía corrupta del rey Faruk, el luchador incansable contra el imperialismo europeo, el iniciador de reformas estructurales en Egipto, es hoy un héroe de la juventud egipcia. La administración del Presidente Mobarak es incapaz de tolerar esta evocación. Desnuda excesivamente las corruptelas de su régimen y la peregrina intención de designar a su hijo como sucesor a pesar del perfil republicano. La prohibición de exhibir una obra que reaviva el recuerdo nasserista no debe sorprender.

Yossi el Nigueri, celebrador director egipcio de teatro, resolvió componer una serie televisiva que pone de relieve los logros de Abal Al Nasser. El gobierno de Mobarak la prohibió. La explicación oficial: la serie es excesivamente cara pues se eleva a 250 mil dólares. Sin embargo, programas de calidad inferior fueron aceptados. El motivo cierto de esta decisión es la voluntad gubernamental de opacar el culto a Nasser que se extiende en la población. Esta figura tuvo una conducta personal y política que, reavivarla, implica una censura severa al régimen actual.

  Recordemos algunos hechos. En 1952, Nasser junto con otros militares resolvió poner término a la monarquía  de Faruk. Y de inmediato puso en marcha reformas como la agraria y la urbana que elevaron la vida de los numerosos campesinos que apenas ganan un sustento que les permite sobrevivir. Por añadidura, resistió al imperialismo británico que ocupó a su país desde fines del siglo XIX y nacionalizó el canal de Suez. Y en contraste con Mobarak, protagonizó un estilo de vida modesto y jamás se enfatuó por haberse convertido en un líder del llamado Tercer Mundo.

   Estas circunstancias lo transforman en un héroe en la imaginación de la juventud egipcia, especialmente cuando observan la figura del actual mandatario y su intención de imponer a su hijo como sucesor en El Cairo.

   Yossi el Nigueri resolvió por consiguiente vender  su película a estaciones televisivas privadas. Los afortunados del mundo árabe podrá gozarla, no así las amplias capas deprimidas que en Egipto acuden a bares o se detienen en las vitrinas de los negocios para ver los programas de este medio.  


Ciertamente, Putin no es Hitler y Rusia de hoy no es la Alemania nazi. Sin embargo, la invasión rusa a algunas regiones de Georgia recuerda la conquista alemana de Checoeslovaquia en 1938, hecho que fue acompañado por la indiferencia de los que más tarde se llamaron Aliados. También en estas fechas prevalece la apatía, tal vez por la ausencia de liderazgo en Washington. El Presidente georgiano se equivocó como el mandatario Benesh en su momento. Se impone una advertencia.

Georgia no es una democracia sin manchas, ni tolera generosamente a sus minorías. Sin embargo, ni la libertad ni el respeto a las minorías son rasgos profundos de Europa oriental. Aún debe aprenderlos. Claramente, Moscú ha iniciado una tsondear la capacidad de respuesta de Occidente. Su  estrategia se compone de varias etapas y países:

-  En Ucrania oriental vive una importante minoría étnicamente rusa. Incluso en Crimen la población rusa es importante, y Moscú comenzó a otorgar pasaportes rusos a pesar de que Crimea pertenece a los ucranianos.

-  La minoría rusa en Estonia y Latvia es también importante  y hostigada. Estos países se caracterizan por una profunda suspicacia respecto del neoimperialismo ruso.

-  La instalación de sistemas antibalísticos en Polonia dirigidos contra Moscú no es aceptable. En el báltico navega buena parte de la flota rusa. Cabe anticipar una agresiva intervención contra Varsovia.

   Por supuesto, el castigo a estos países que se rebelan contra su anterior patrón no será necesariamente militar.  Si no reciben gas y petróleo de Moscú se producirá un desplome económico, a menos que el Occidente resuelva compensar esta ausencia de abastecimiento. No es probable si se considera el precario estado de los mercados mundiales de energía.

  Así las cosas, parece imperativa y urgente una “reunión en la cumbre ” de las potencias a fin de acordar una nueva estrategia. De lo contrario, el terrorismo mundial  será imparable y el crimen organizado aprovechará todas las oportunidades que le ofrece un mundo global pero desunido. 


Joe Biden, de 65 años y de voluminosa experiencia en política exterior, es el compañero de Barack Obama en su marcha hacia la Casa Blanca. Biden compensa la falta de conocimiento y de experiencia del candidato presidencial respecto de los asuntos internacionales, que ya se complican con las nacientes tensiones entre USA y Rusia. Sin embargo, esta decisión no le ayudará a batir a John Mc Cain. Sólo le queda un recurso: reconciliarse con Hillary Clinton y prometerle un cargo de alta responsabilidad si es escogido.

Como escribí en nota previa, las probabilidades de que Barak Jussein Obama sea el próximo inquilino de la Casa Blanca se antojan precarias. En términos públicos, las encuestas anuncian un empate si no un desplome en la popularidad de Obama. Y el subconsciente colectivo norteamericano- poco inclinado a aceptar el liderazgo de un joven y de un negro – dará el golpe decisivo en su contra. Su error fundamental: no haber ofrecido la candidatura vicepresidencial a Hillary Clinton. Su última oportunidad: concederle un puesto de honor y de efectivo reconocimiento en la Convención Demócrata que se abre esta semana.

   Si esto no ocurre, es probable que los partidarios de los Clinton resuelvan favorecer, sin confesarlo, al candidato republicano. Obama será entonces derrotado, y Mc Cain, considerando su  avanzada edad, es probable que no podrá aspirar a un segundo periodo. Y  entonces Hillary se propondrá nuevamente con buenas perspectivas.  

   No obstante, si Obama le promete a Hillary un cargo significativo siguiendo acaso el ejemplo de Zapatero en España respecto de las responsabilidades gubernamentales que concedió a las mujeres, la presente constelación podría mudar.

  El candidato demócrata tal vez empieza a comprender que una ajustada retórica y un verbo inteligente no son suficientes. Ni el apoyo de los jóvenes, de latinos y negros le obsequiará la Casa Blanca. Precisa también mostrar una Realpolitik. De lo contrario, la alianza de las grandes empresas con los círculos militares, que se sumaría al resentimiento de los Clinton, hará evaporar su sueño presidencial.


A pesar de los reiterados fracasos del Presidente Bush que ponen en tela de juicio la sabiduría de los Republicanos, además de los altibajos de la economía norteamericana, las probabilidades de que Barack Obama gane las elecciones se reducen. A mi juicio, las inconfesadas tendencias racistas del ciudadano medio se manifestarán a la hora del voto.

Variadas circunstancias favorecen a Barack Obama en su intento de domiciliarse en la Casa Blanca. La administración de Bush es un fracaso perfecto. Miles de soldados muertos en Irak y en Afganistán, millones de dólares malgastados en operaciones militares insensatas, pasividad ante la agresión rusa a Georgia, oscilaciones negativas de la economía norteamericana, quiebra de bancos: manifestaciones de un desastre acumulativo. Puntos negros que ensombrecen al Partido Republicano y a su candidato John McCain. Por añadidura, McCain ha cursado los 70 años, circunstancia que también suscita dudas y temores en los electores.

  Sin embargo, las perspectivas de Obama se opacan en el andar hacia las elecciones. Tal vez si rectifica sus intenciones y escoge a Hillary Clinton como su compañero de fórmula, su situación podría mejorar. Pero no lo hará. Y además de este desacierto, otras circunstancias actúan en su contra. Primero, su edad y su escasa experiencia tanto nacional como internacional. No posee la imagen protectora, paternal, que la ciudadanía norteamericana desea.

    Después, su indefinición en materia  religiosa. El electorado no olvida su nombre adicional: Jussein, y las inclinaciones ateístas de sus padres, que se contraponen a la cultura resueltamente cristiana y protestante de USA. Hasta el nombre de Dios aparece en el dólar. No es accidente.

   Finalmente, su postura respecto de temas como el deterioro económico, los flujos migratorios, los abusos de las grandes empresas aliadas con círculos militares, la dependencia de Arabia Saudita en el abastecimiento de petróleo, Irán y el Medio Oriente no es clara. En contraste con las definiciones a veces agresivas de John McCain.

  Pero la causa fundamental de su derrota será otra, apenas confesable. El candidato republicano es blanco, y Obama es negro. El inconsciente colectivo norteamericano no se ha desprendido de un racismo elemental. Tal vez la juventud, las minorías de color, los ciudadanos de ascendencia mexicana y acaso una porción del electorado judío voten por él, o manifiesten públicamente esta preferencia. Pero en la intimidad del voto, en el minuto decisivo, oscuros prejuicios favorecerán al candidato blanco. Tensión cognitiva que deforma a la democracia norteamericana. Es de momento irreparable. 


Las palabras también poseen y están poseídas por la historia. “Agonía”, por ejemplo. Hoy indica, al menos en el habla popular, los postreros respiros de un ser antes de extinguirse en los cielos o en la nada. Sólo quedará- si se queda- en la memoria de los que lo amaron u odiaron. Pero en tiempos idos ” agonía” es una lucha, la batalla por la vida, que no culmina necesariamente en la muerte sino en un nuevo comienzo que posterga el fin que ineluctablemente llegará. Los escritores atinan a describirla. Saramago es un ejemplo.

   He leído amplias porciones de la obra de José Saramago. Acaso su picardía, o su mordacidad, ejercen en mí efectos vibrantes. Su silencio de los últimos años no ha dejado de preocuparme. Recurro entonces al ineludible internet- hermano mayor que de momento es benévolo aunque en cualquier momento caerá en tentaciones orwelianas. Abro entonces www.josesaramago.org  y me calmo: el escritor portugués

logró sortear su grave enfermedad respiratoria y nos (me) obsequia un nuevo libro: El viaje del elefante.

   La escritura- confiesa y su mujer-traductora Pilar lo reconfirma- fue su arma en la agonía. Alejó al espectro del cual huimos afanosamente- siempre en vano – a través de la imaginación: las peripecias de Salomón ( así se llama el elefante )  en Europa a mediados del siglo XVI. Y en este bregar por la vida, por cada respiro que amenaza fugarse, Saramago inventa hechos y circunstancias que no aparecen en ningún texto convencional. Demuestra una vez más que el escritor cuenta en su agonía permanente con recursos que a muchos nos falta.

  También recuerdo a William Styron en este contexto, cuando se hunde en una densa depresión. El autor del La decisión de Sophie y de Las confesiones de Nat Turner se recupera no por sus experimentos con el prozac sino por reflexiones que lo devuelven de la agonía a la vida. Vivencia libidinosa que ninguna lógica puede explicar satisfactoriamente. Si la lógica humana fuera más instintiva… tal vez sería posible.

   Salud y saludos a Saramago. Y ojalá que El elefante se exhiba pronto y sin pudores en las librerías.


Una pregunta recorre a Europa oriental: después de Georgia, con qué país Moscú saldará viejas y nuevas cuentas? Las apuestas varían. Si, por un lado, Georgia se siente hoy traicionada por Washington, que la alentó a oponerse a Rusia y, en el instante de la verdad, la abandonó, hay países que, por otro lado, estrechan las relaciones con Occidente para encarar al gigantesco vecino que aspira a un monopolio absoluto de las fuentes de gas e hidrocarburos.

   Rusia acaba de anunciar el repliegue de sus fuerzas de Georgia, aunque conservando su influencia y presencia en Ostia del Sur. Y no deja de manifestar su disgusto por el hecho de que su vecino se empecina en abastecer petróleo del Mar Caspio directamente a Europa, sin consultar a los rusos. Estas nuevas actitudes del Kremlin indican una resurrección de la enorme influencia que ejercía la URSS antes de su desplome en los noventa. El capitalismo de Estado auspiciado por el Primer Ministro Putin no reconoce fronteras convencionales. Varios países vecinos sienten el peso de la amenaza. Algunos ejemplos.

   Ucrania en primer lugar. Por lo menos de la mitad de su población aspira a unirse a Europa occidental, y la otra es suspicaz tanto de la Unión Europea como de Moscú. Este país ha resuelto restringir los movimientos de la flota rusa en Sebastopol, en la península de Crimea- Simultáneamente, se inclina a permitir a miembros de la NATO la inspección de sus instalaciones militares y logísticas encaminadas a impedir un ataque sorpresivo por parte de Moscú. Gesto que, para Putin, no es precisamente amistoso. Pero Kiev se empecina en fomentar sus vínculos con Europa para neutralizar cualquier agresión originada en su frontera oriental.

   Polonia parece ir más lejos. La semana pasada suscribió un acuerdo con Washington por el cual le permite instalar bases antibalísticas en su territorio. Enfurecidos, los militares rusos amenazaron con destruir con bombas nucleares este país que, en su historia, conocí guerras e invasiones. Pero no muestra signos de rescindir el acuerdo.

  Checoeslovaquia, por su parte, estrecha sus nexos con Occidente y, en particular, con USA, con el fin de impedir el retorno de alguna traza del comunismo. Radares de estos países han sido levantados en su geografía, a fin de identificar los movimientos aéreos rusos.

  Y en fin, Estonia, que ya es miembro de la Unión Europea, no vaciló en enviar ayuda a la invadida Georgia, particularmente en la esfera de las comunicaciones a través del internet que los rusos procuraron intervenir y controlar.

   Así las cosas, la invasión rusa a Georgia puede constituir arma de doble filo. Moscú aspira a preservar y maximizar la fuente de su actual prosperidad, que consiste en la venta de petróleo y gas a Europa. USA pretende frenar esta inclinación. Pero la Casa Blanca carece hoy de fuerza y de legitimidad, después de sus infortunadas intervenciones en Irak. Habrá que esperar al nuevo inquilino. Mientras tanto, los ex países satélites de la difunta URSS procuran resistir con el modesto arsenal – más diplomático que militar- con que cuentan.

    


“A-diós” es una palabra que invoca lo trascendente, acaso a la divinidad. No es ni el “hasta luego ” ni el “chau ” con que despedimos generalmente. Significa algo más: el deseo al que se va que llegue a un benevolente espacio, a la Otredad metafísica o histórica. Por esto escribo “adiós” a Alexander Solzhenitzin, el escritor ruso que mostró y vivió los fríos ardientes del infierno. Y se liberó de ellos, para escribir. Primero en su memoria, capítulos enteros. Y luego en la hoja impresa. ” Un día en la vida de Iván Denisovich ” fue una vivencia decisiva. No sólo para mí. Para toda una generación. La revelación del GULAG determinó el resultado de la guerra fría. Ni más. Ni menos.

    Ocurrió en 1945.  Alexander Soltzhenitzin, ruso formado en las ciencias que se presumen exactas, descubrió que poseía también vocación y alas de escritor. Y de memorialista. Fue un dedicado comunista durante los treinta y cuarenta. Luchó  en la II Guerra junto con sus connacionales. Pero en las vísperas de su término descubrió al fin su verdad. Había vivido un autoengaño.  Escribió a Stalín una carta severa, y de inmediato fue encarcelado.  Y así llegó a descubrir los gélidos campamentos y vivencias del GULAG.  Los resistió.

  En 1962, Krushshov le permitió publicar un breve pero revelador libro.  Relato de Un día en la vida de un prisionero. Un día que se eternizo o fue demasiado breve para muchos. Texto que reveló las atrocidades de un régimen que, por su crueldad, acaso superó al hitleriano. Catorce años más tarde, el régimen de Breznev n pudo tolerarlo. Lo pusieron en un avión. Creyó entonces que retornaba a los paisajes descritos. Se equivocó. Lo deportaron.  El dirigente ruso se apegó, acaso sin saberlo, al ejemplo de Lenin quien en 1919 permitió que dos barcos ( entre ellos Vladimir Navokov ) se llevaran a los intelectuales ineptos para entender la crueldad que el líder estaba institucionalizado.

  Casi 20 años vivió en Estados Unidos. Sus hijos allí se quedaron hasta hoy, pero él retornó  predicando mensajes religiosos, nacionalistas, e incluso antijudíos. Pero no permutó el celo de censurar al comunismo con la fiebre nacional y teológica. Atinó a moderarse. En balance, se merece el a-diós. Al menos el mío. Con gratitud.


La agresión rusa a Gorgia no es sólo un ajuste de cuentas político y regional. Moscú aspira a controlar, sin disputas ulteriores, a Oseatia del Sur y obligar el derrumbe del régimen georgiano presidido por Mijail Saakashvili. Pero su aspiración es mayor: reducir la capacidad de Tbilisi para suministrar petróleo y gas a Europa de manera independiente a través del oleoducto Baku-Supsa y del BTC ( Baku-Tbilisi-Ceyhan) que atraviesa Turquía y llega al Mediterráneo. El conflicto militar, de un lado, y las acciones kurdas, por el otro, amenazan esta fuente de abastecimiento vital para Europa.

    La Unión Europea, dirigida en estos meses por el Presidente francés Nicolás Zarkozy, se apresuró a intervenir en el conflicto militar ruso-georgiano. No debe sorprender. La posibilidad de un control monopólico por parte de Moscú de la fuente de abastecimiento de petróleo y gas a Europa abruma a la UE. Hasta el momento, Georgia suministraba independientemente estos recursos traídos del Caspio y de los Urales a través de oleductos instalados en su territorio y en Turquía. Del Mediterráneo el oro negro llegaba a Europa con un volumen superior a millón de barriles diarios. Circunstancia que los anunciados acuerdos de cese de fuego pueden mudar sensiblemente.

  También la guerrilla kurda que opera en Turquía ha intentado sabotear este flujo, sin alcanzar sonado éxito. La amenaza real es Moscú. Europa depende de las importaciones de petróleo de Rusia, que se han convertido en la principal fuente de ingresos de este país y en la llave de la hegemonía que pretende recuperar después del colapso de la URSS.

   Depender exclusivamente de Moscú es un riesgo insoportable para los europeos. La posibilidad de un ataque militar israelí a las instalaciones nucleares de Irán implicará no sólo el alza vertiginosa del combustible. En estas circunstancias, Rusia determinará las reglas de juego en el mercado petrolero.

  El panorama se complica debido a la pasividad relativa de Washington. Desprestigiado y a escasos meses de su caída final, el Presidente Bush no se inclina a una intervención activa. Parece olvidar que el dominio de las reservas petroleras en los Urales es la llave del control efectivo de buena parte de las economías occidentales. Cabe ahora saber si las conversaciones entre Sarkozy y el Presidente ruso Dimitry Medvédev atenuarán o no los temores europeos. Aparentemente, Georgia deberá conceder amplias porciones de la autonomía nacional que consolidó desde los noventa. Incluyendo su ascendiente relativo en los mercados petroleros.


El interés público oscila hoy entre las proezas de los atletas, el número de medallas que los chinos procuran ganar superando a USA, y los combates que se libran en Georgia. Preferencias para todos. Pero existen distancias entre estos dos dramas. Las olimpiadas revelarán el ascenso de China como gran potencia militar y económica en el siglo XXI, si logra persistir en su síntesis de capitalismo y gobierno totalitario, cópula sin precedentes en las últimas décadas. Y la invasión rusa a Georgia, para mantener el control de Ostia del Sur, puede insinuar una nueva estrategia: recuperar territorios perdidos al desaparecer la URSS.

   Las olimpiadas no son sólo un evento deportivo. En este caso, constituyen con alto relieve una contundente expresión política del dinamismo alcanzado por China en los últimos años. Algunos comentaristas han propuesto un cotejo entre estas jornadas de 2008 y la  contienda deportiva que tuvo efecto en Berlín en 1936. También entonces Hitler pretendía, a través de la acumulación de medallas e impresionante despliegue de instalaciones, revelar su poder tanto a Occidente como a la URSS. La comparación no es justa. Ciertamente, China es un Estado totalitario pero, simultáneamente, pretende gozar de los beneficios de un dinámico capitalismo. Combinación que sorprende a politólogos y economistas. Si logra superar a USA en número de medallas, obtendrá una victoria algo más que simbólica.

  Sin embargo, un drama acaso más importante – aunque los amantes del deporte jamás me lo admitirán – está ocurriendo en Tbilisi, capital de Georgia.  Moscú ha resuelto recuperar el control de Osatia del Sur, región que los georgianos controlan desde que adquirieron la independencia en 1991.  Pero las intenciones de Moscú van más lejos: posesionarse del oleoducto Bakú-Tbilisi- Ceyhan ( BTC) que no pasa por Rusia y suministra a los europeos 1.2 millones de barriles de petróleo diariamente.

   Este oleoducto ya tiene un apellido legendario : La Ruta de la Seda del siglo XXI. Alcanza casi 2000 kilómetros de recorrido, y lleva el energético del Caspio al Mediterráneo a través de Turquía. Si Rusia pretende controlar su flujo, Estados Unidos e Inglaterra reaccionarán enérgicamente pues han financiado el oleoducto con un costo superior a los 3 mil millones de dólares.

   El interés de la opinión pública y de los medios oscila entre las Olimpiadas y Georgia. Se justifica en ambos casos. Pero a mi juicio el segundo traerá consecuencias de superior relieve.



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