Nuevamente otra reunión internacional, pretexto justificado y elegante para que numerosos representante sde los países del mundo protesten por la creciente protesta mientras beben su vaso de whisky y saborean los frutos del mar.
Conferencias que dilucidan los problemas agudos dem medio ambiente se vienen efctuando desde los ochenta. Y muy poco ha sucedido. La contaminación y el ascenso demográfico persisten sin que la capacidad productiva marche a idéntico compás. La globalización ha facilitado el traslado de industrias y productos contaminantes a países de nulo o incipiente desarrollo, como los africanos o algunos latinoamericanos, que se han convertido en basurales de las naciones postindustriales.
Después de veinte años, otra reunión internacional en Río de Janeiro, esta vez bajo la sombra de una crisis global que los arreglos en España y en Grecia apenas aciertan a disimular. El planeta tierra – ya lo decía el economista Boulding – es como uin navío en pleno vuelo: cabe cargarla hasta un cierto nivel. Si se supera, se estrella o naufraga. Los temas pueden variar, desde los buenos usos de la energía hasta los cambios climáticos, desde la contaminación del aire hasta la pobreza que la acentúa. Pero sin voluntad política y sin capacidad de imponer multas a los que contaminan no hay posibilidad alguna de atenuar la situación.
Incluso Brasil, que brinda hospedaje a la Conferencia, favorece la contaminante industria del automóvil proyecta hidroeléctricas que ponen en peligro la selva amazónica. Pero no importa: La Presidenta Dila Rousseff hará su entusiasta discurso, mientras que no pocos delegados – entre ellos los mexicanos- estarán pensando en la suerte – o desgracia- de las próximas elecciones.

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