En su momento, el Profesor Samuel Schmitt que trabaja en la Universidad de El Paso me invitó a cooperar con un libro intitulado “México visto desde fuera”. Allí seis personas que vivimos en el país durante más de dos décadas procuramos manifestar lo más saliente y pintoresco de nuestras vivencias en el país.
Con espíritu similar, trazo algunas impresiones después de observar la marcha de las jornadas electorales en México y el debate que los candidadtos festejaron a través de algunos canales de televisión.
Suelo preguntar en las últimas semanas a jóvenes, choferes de taxis, amas de casa, Por quién y por qué vas a votar? La respuesta es generalmente una mueca o una sonrisa burlona. Y luego unas palabras subidas de tono sobre la corrupción – para los entrevistados evidente – de todos los candidatos. El escepticismo domina. Y también la indecisión. Quién es el menos peor ? La respuesta es un encogimiento de hombros.
Actitud que sorprende para aquellos que, hasta principios del siglo, sabíamos que presidentes en México son nombrados por un ” dedazo”; que el Presidente en ejercicio era una especie de monarca intocable, y que era asunto de conjetura quién sería finalmente el objeto o sujeto de la celebrada ” cargada”.
Este proceder ha cambiado. Por lo menos, existe hoy la posibilidad de elegir a través del voto. Ciertamente, el debate entre los candidatos fue con preguntas conocidas de antemano; nadie de ellos fue sorprendido por un ágil comentarista. No pudimos observar la capacidad de ellos para reaccionar a interrogantes o situaciones imprevistas.
Sin embargo, hubo debate e incluso algunas reclamaciones o recordatorios. Modesto avance, dirán. Pero en perspectiva, recordando los tiempos del ” tapadismo”, la democracia mexicana parace hoy algo más visible. Cabe esperar que se perfeccionará con el tiempo. De lo contrario, con arrreglo a la imaginación de Saramago, los votos anulados superarán a los válidos, con lo cual las masas populares dirán lo que realmente sienten.
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