La nacionalización impetuosa de la IPF en Argentina, que estaba bajo una poderosa inflluencia española, por un lado, y, por otro, la expropiación de la Red Eléctrica Española en Bolivia pueden conllevar efectos altamente perjudiciales para las economías latinanoamericanas.
Es previsible qwe ambos actos hayan encendido el entusiasmo popular. Derivan de un sentimiento negativo, incluso hostil, contra la presencia de intereses extranjeros en empresas de gran valor estratégico. Pero el procedimiento – brutal e impetuoso- no es el adecuado. Se debió preferir negociaciones serenas entre las partes, a fin de llegar a comcertaciones aceptables para ambas. De lo contrario, con este casi violento y demagógico comportamiento, las inversiones extranjeras empezarán a replegarse de las economías latinoamericanas y buscarán – por ejemplo en el sudeste asiático- países algo más sensatos.
Ciertamente, el petróleo y las redes eléctricas pertenecen a los países donde están localizados, pero las inversiones extranjeras suplen la ausencia de capacidad empresarial y tecnológica que está ausente en estos países. Lo más sensato es negociar con ellas, aprender y asimilar las técnicas de explotación, y establecer acuerdos para que firmas extranjeras se retiren por voluntad mutuamente negociada y consentida.
El G-20 ha censuraddo duramente a la Presidente argentina, y los españoles.abrumados por una crisis sin precedente, no dejarán de movilizar la opinión mundial – incluso de otros países latinoamericanos – en contra de estas expropiaciones que alimentan un nacionalismo populista que, en verdad, no ofrece soluciones a los problemas estructurales de América Latina.
La porción de este continente en el comercio mundial ha bajado de un 11 porciento a apenas un 4.5 por ciento. Su marginalidad aumentará si la sensatez no se recupera.
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