En estos días transito por las multitudinarias calles de Barcelona. Una ciudad que, sin turistas, se plegaría a la severa crisis que conmueve a Europa. Pero si en verdad hay crisis- la sacudida bancaria en los últimos días y la creciente deconfianza respecto al Presidente Mariano Rajoy- parecen confirmarla, cabe decir que se trata de un descalabro de lujo, apenas conocido en América Latina.
Por ejemplo, la muchacha que limpia los cuartos del hostal donde me hospedo – boliviana que llegó por aquí hace varios años y que algún día piensa retornar a Cochabamba – gana algo más de 25 mil pesos mensuales mexicanos. Y, por añadidura, goza de dos habitaciones privadas en el mismo edificio. Y si deliberadamente o por casualidad quedara embarazada, tendrá casi dos años cubiertos por el seguro social gubernamental.
Crisis tal vez, pero a la europea. Ciertamente, no pocos jóvenes con sus hijos retornan al hogar de los padres y los bancos de apropian de las casas y departamentos que abandonan, y el desempleo corteja algo más del veinte por ciento, pero se trata nuevamente de un desempleo protegido, que no recurre al empleo informal como es el caso mexicano.
El Presidente español insiste en que su país no afrontará los riesgos actuales y gravosos de Grecia. Sin embargo, se siente entre los adultos una nostalgia por la vieja peseta, y la juventud sale a las calles en ordenadas manifestaciones. Y todos cuidan una conducta impecable, un frenado resentimiento.
Los inversores no esconden su desconfianza respecto al sistema bancario español, y temen que una caída de España puede contagiar a Italia, Francia y Bélgica. Alemania deberá pagar entonces por los errores de los vecinos, demostrando que la II Guerra – económicamente y en el largo plazo- fue ganada por Berlín.
Si hay crisis, en las calles de Barcelona no se percibe. Parece un invento perverso de los medios de comunicación. O el Estado ha encontrado las maneras de aliviarla en términos humanos. Algo que en América Latina deberíamos recoger.


El ex Presidente brasilero Fernando Enrique Cardoso acaba de recibir un premio llamado John Kluge, por parte de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, por el valor de un millón de dólares.
La justificación de este premiso se sustenta en un reducido libro que escribió en los setenta junto con el chileno Enzo Faletto. Texto que fue producto de sus experiencias en el ILPES, un desprendimiento de la Comisión Económica para América Latina ( CEPAL).
Este libro fue inspirado por las corrientes neomarxistas entonces en boga en Francia. Señaló que la globalización pone en peligro no sólo la soberanía de los países, sino el bienestar de la clase trabajadora.
Esta tesis no afectó en absoluto el fastuoso nivel de vida que Cardoso se permitió en Chile como funcionario internacional: un Mercedes Benz, la libre importación de bienes, y viajes en las mejores condiciones. Y cuando llegó a la Presidencia de su país, se empezó a alejar del credo socialista que preconizaba desde la oposición.
Sin embargo, en estos días, ya liberado de sus obligaciones y compromisos políticos, forma parte de una organización de octogenarios llamada Global Elders, que busca instaurar compromisos conciliatorios en regiones como el Medio Oriente y Africa. Tal vez el premio se justifica más por esta actividad que realiza junto con Mandela – también octogenario – que por su libro que apenas tiene valor ideológico o político.
En perspectiva, el neomarxismo y las teorías de la dependencia han caducado; fueron las banderas de intelectuales que no se privaron de los más altos niveles de vida. Pero Cardoso predica hoy un fenómeno indiscutible: Brasil se ha convertido en una potencia, está geográficamente en América Latina pero sus intenciones e influencias la convierten en un factor independiente, manejada por economistas y diplomáticos muy sensibles al largo plazo y a las tendencias de la economía mundial. Este hecho será incontrovertible cuando el petróleo, las Olimpiadas, y sus estrechas relaciones con China le impriman una viabilidad nacional que no entrá paralelo en el espacio latinoamericano


En su momento, el Profesor Samuel Schmitt que trabaja en la Universidad de El Paso me invitó a cooperar con un libro intitulado “México visto desde fuera”. Allí seis personas que vivimos en el país durante más de dos décadas procuramos manifestar lo más saliente y pintoresco de nuestras vivencias en el país.
Con espíritu similar, trazo algunas impresiones después de observar la marcha de las jornadas electorales en México y el debate que los candidadtos festejaron a través de algunos canales de televisión.
Suelo preguntar en las últimas semanas a jóvenes, choferes de taxis, amas de casa, Por quién y por qué vas a votar? La respuesta es generalmente una mueca o una sonrisa burlona. Y luego unas palabras subidas de tono sobre la corrupción – para los entrevistados evidente – de todos los candidatos. El escepticismo domina. Y también la indecisión. Quién es el menos peor ? La respuesta es un encogimiento de hombros.
Actitud que sorprende para aquellos que, hasta principios del siglo, sabíamos que presidentes en México son nombrados por un ” dedazo”; que el Presidente en ejercicio era una especie de monarca intocable, y que era asunto de conjetura quién sería finalmente el objeto o sujeto de la celebrada ” cargada”.
Este proceder ha cambiado. Por lo menos, existe hoy la posibilidad de elegir a través del voto. Ciertamente, el debate entre los candidatos fue con preguntas conocidas de antemano; nadie de ellos fue sorprendido por un ágil comentarista. No pudimos observar la capacidad de ellos para reaccionar a interrogantes o situaciones imprevistas.
Sin embargo, hubo debate e incluso algunas reclamaciones o recordatorios. Modesto avance, dirán. Pero en perspectiva, recordando los tiempos del ” tapadismo”, la democracia mexicana parace hoy algo más visible. Cabe esperar que se perfeccionará con el tiempo. De lo contrario, con arrreglo a la imaginación de Saramago, los votos anulados superarán a los válidos, con lo cual las masas populares dirán lo que realmente sienten.


La nacionalización impetuosa de la IPF en Argentina, que estaba bajo una poderosa inflluencia española, por un lado, y, por otro, la expropiación de la Red Eléctrica Española en Bolivia pueden conllevar efectos altamente perjudiciales para las economías latinanoamericanas.
Es previsible qwe ambos actos hayan encendido el entusiasmo popular. Derivan de un sentimiento negativo, incluso hostil, contra la presencia de intereses extranjeros en empresas de gran valor estratégico. Pero el procedimiento – brutal e impetuoso- no es el adecuado. Se debió preferir negociaciones serenas entre las partes, a fin de llegar a comcertaciones aceptables para ambas. De lo contrario, con este casi violento y demagógico comportamiento, las inversiones extranjeras empezarán a replegarse de las economías latinoamericanas y buscarán – por ejemplo en el sudeste asiático- países algo más sensatos.
Ciertamente, el petróleo y las redes eléctricas pertenecen a los países donde están localizados, pero las inversiones extranjeras suplen la ausencia de capacidad empresarial y tecnológica que está ausente en estos países. Lo más sensato es negociar con ellas, aprender y asimilar las técnicas de explotación, y establecer acuerdos para que firmas extranjeras se retiren por voluntad mutuamente negociada y consentida.
El G-20 ha censuraddo duramente a la Presidente argentina, y los españoles.abrumados por una crisis sin precedente, no dejarán de movilizar la opinión mundial – incluso de otros países latinoamericanos – en contra de estas expropiaciones que alimentan un nacionalismo populista que, en verdad, no ofrece soluciones a los problemas estructurales de América Latina.
La porción de este continente en el comercio mundial ha bajado de un 11 porciento a apenas un 4.5 por ciento. Su marginalidad aumentará si la sensatez no se recupera.



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