Cuando se recorren las páginas de los principales periódicos latinoamericanos – incluyendo y en especial los mexicanos- no se puede eludir la impresión que sólo interesan las noticias y los escándalos locales. Como si estuvieran en una isla olímpica, contentos de su asilamiento estéril. A lo sumo interesan algunos duelos verbales entre Demócratas y Republicanos, que son interpretados con inocente – o culposa – indiferencia. En contraste con los cotidianos de otras capitales del mundo, interesados no sólo en los eventos locales sino en la interpretación de lo que ocurre en el exterior.
Tómese el ejemplo de Francia. El duelo electoral entre Nicolás Sarkozy, Le Pen y Francois Hollande arrastra dos implicaciones peligrosas – pues podrían ser imitadas por América Latina- para el futuro de este continente y el progreso de sus intereses.
De un lado, la migración foránea a Francia – y por cierto a España y otros países – se ha convertido en un tema electoral. Detenerla e incluso devolver a las masas ” que no se identifican con la Francia genuina”, entusiasma a los futuros votantes, en particular a los situados en los extremos de la derecha y de la izquierda. Si tiene éxito, otros países – como USA – considerarán legítimo levantar murallas físicas y legales contra la migración latina, que pretende un futuro algo mejor del que ofrecen hoy las sociedades latinoamericanas. Entonces esta válvula de escape de presiones acumuladas, por un lado, y las remesas de estos migrantes a las economías latinoamericanas, se diluirán agravando las tensiones en América Latina.
De otra parte, la Unión Europea está siendo cuestionada. No pocos electores quieren retornar a la moneda nacional y a la independencia bancaria de otros tiempos. Nostalgia peligrosa. Si la Comunidad europea y el Euro se desmantelan, las probabilidades de guerras en Europa se multiplicarán. Los horrores del pasado retornarán.
Un desmantelamiento que detendrá cuál arreglo regional o de integración económica conseguidos con enormes dificultades y postergaciones en América Latina. Sálvese quien pueda: éste será lema también entre no pocos gobiernos latinoamericanos.
Cabe entonces que los periódicos – y desde luego las cancillerías – consagren algo más de atención a lo que está ocurriendo en el mundo. Al globalismo económico no es apropiado encarar con un provincialismo estrecho y casi primitivo. Gobiernos, electores y elecciones en América Latina deberían tomar conciencia de que este continente – que apenas representa un cinco porciento del comercio mundial – no puede reducir a cero su interés en lo que ocurre en otros rincones del mundo. Un cero que también gravitará en la mentalidad colectiva.

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