El ascendente bloqueo a Irán – financiero, comercial y militar- ya se traduce en precios ascendentes de la gasolina y en compras masivas por parte de los países consmidores. Como si conjeturaran con muy buenos argumentos que el oro negro podría dejar de transitar por las rutas del Medio Oriente, si Estados Unidos y-o Israel resolvieran agredir a Irán en los próximos meses.
Teherán amenaza con cerrar el estrecho de Ormuz si esta posibilidad se concreta. En tal caso, el petróleo iraquí y de los principados árabes no podrá llegar a los países consumidores.
Las naves norteamericanas, inglesas y francesas – además de submarinops israelíes – se encuentran muy cerca de Ormuz con el fin de evitar esta probable acción iraní. En caso de un choque, el precio de la gasolina alcanzará alturas sin precedentes, para alegría de Moscú que en estas circunstancias se transformaría en la gran ganadora de la crisis.
Porque Rusia juega simultáneamente en dos mesas. En una, apoya a Teherán surtiéndola con la tecnología que precisa para convertirse en una potencia nuclear shiita en el Medio Oriente; pero simiultáneamente ofrece vital información a países que pretenden neutralizar estas ambiciones de Irán. No cabe olvidar que un potencial nuclear en Teherán es un peligro no sólo para Jerusalén y para los intereses norteamericanos en el Medio Oriente. También Rusia es país limítrofe de Irán y sus minorías musulmanas no se abstendrán de festejar el poder no convencional obtenido por un gobierno fundamentalista que, sin ser árabe, representa los anhelos más encendidos del fundamentalismo



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