Ya es evidente en Cuba,  y en breve sucederá en México: la visita del Papa Benedicto XVI provocará  o apresurará en los diferentes contextos nuevas configuraciones políticas. No será neutral ni pasiva. En contraste con la peregrinación del Papa anterior Karol Wojtyla a fines de los noventa, la presencia papal  suscitará reacciones de diferente pero significativo tenor en ambos países. El primero a causa de la apertura relativa propiciada por Raúl Castro y la actitud beligerante que demuestran las Damas de Blanca en los últimos años, para que no se olvide la Primavera Negra del   2003. Y en el segundo país, por la proximidad del juego electoral, cuando un Presidente de indisputable inclinación religiosa está al frente al país y desearía naturalmente la continuación de su partido en el poder.

El carácter político  o politizado de esta peregrinación involucra a otros factores: a la Casa Blanca que desea calibrar las reacciones del público en ambos países; a las policías que obedecen la orden de mantener el orden público y la seguridad del Papa en un ambiente- particularmente en México – marcado por una crónica violencia; a los líderes nacionales que deben resolver si se apegan a las reglas formales del protocolo, o la desbordan públicamente o en la intimidad al encontrarse con el Supremo Pontífice; y al resto de América Latina abrumada por el decaimiento económico y financiero que se origina, ya sea en USA, o ya sea en corruptas o defectuosas políticas nacionales.

En estas circunstancias, el Papa Benedicto XVI deberá sopesar sabiamente sus pasos. Es decir, encontrar fórmulas conciliatorias en su intento de reavivar y encender los sentimientos católicos en ambos países, que en la práctica dejan atrás las posturas tradicionales sobre el control de la natalidad, el aborto y el liberal ejercicio del sexo, y la necesidad de no acicatear antagonismos estériles con los gobiernos de los países que visita.  Una ambivalencia que no es fácil ejercer. Tendrá necesidad de sobrios consejeros.

En cualquier caso, quien concibe estas visitas como actos teológicos está absolutamente errado. Cargan un potencial político en ambos países. Serán una prueba de la flexibilidad institucional del Vaticano. Qué  calificación obtendrá?   Las próximas semanas lo sabremos.



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