Acapulco fue, décadas atrás, el paraíso de las estrellas encumbradas de Hollywood. También el destino ineludible de los crucesos, y el motivo de nostalgiosos suspiros de aquellos que escucharon sus bellezas, y ya no llegan. Los clavadistas en La Quebrada se están quedando sin público estupefacto por la hazaña – y los riesgos- de su profesión apenas recompensada. La violencia multiplica la parálisis y el desánimo de uno de los lugares más apetecidos de México.
Pero Acapulco es sólo una expresión de los miedos y también de los cambios positivos que se institucionalizan en México. Mis amigos del Norte ( fui investigador en El Colegio de la Frontera Norte, Tijuana) aspiran a llegar al DF por considerarlo ” ciudad blindada”. Verdad o ilusión ? El lector debe opinar.
Pero también hay mudanzas alentadoras. En el DF, sólo viajo en metrobús y en el metro. Y allí me uno y me golpeo con la gente que se apretuja como la esperanza. Sin embargo, el altoparlante en el metrobús no deja de pedir a los mexicanos que gocen del amor, pero que usen preservativos y controlen la natalidad, en términos que jamás escuché en décadas pasadas. Ya no es sólo la clásica proclama de CONAPo ” La familia pequeña vive mejor”. La prédica ahora es directa, honesta. Y reconforta.
Creo que Carlos Slim podría provocar el renacimiento de Acapulco, y con ello indicar acaso la posibilidad de un renacer nacional. También en la economía, que tanto depende del turismo. Slim estudió alguna vez en el ILPES, organismo de la CEPAL y de la ONU. Allí asimiló una sensibilidad social que tal vez ahora – desconsiderando otros cálculos – se manifiesta.
En un momento de desconcierto generalizado- causado también por las elecciones futuras en USA que transmite ciclos no sólo a la economía sino a toda la atmósfera nacional – el rejuvecimiento de Acapulco puede tener implicaciones más amplias. Como ya se manifiestan en lo que escucho cotidianamente en el transporte público que me lleva desde el Zócalo a la UNAM. Amén.

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