Los griegos parecen no aceptar las imparables medidas que Atenas debe asumir para permanecer en la Unión Europea. Son medidas que acentuarán el desempleo y la escasez que desde hace meses inquietan a este país. La crisis griega en si misma no es un riesgo insuperable para Europa: se trata de una economía pequeña de un país que apenas cuenta con 12 millones de habitantes. Sin embargo, la crisis puede conllevar un efecto dominó, es decir, arrastrar a economías mayores como Italia y España que desde hace tiempo trastabillan con un alto desempleo. Y así la crisis no sería sólo nacional: afectaría a toda Europa occidental y a la economía mundia.
En tal caso, podría suscitarse un escenario sobre el cual muy pocos se atreven o quieren anticipar: la quiebra del euro como moneda común y la desaparición de instancias financieras regionales que lo norman. Si se produce un retorno a las monedas nacionales que dominaban hace más de un decenio, el caos sobrevendrá. Porque será muy dfícil, si no imposible, calcular el valor real de los activos y mercancías hoy fijado en euros, con el fin de traducirlos a cifras nacionales.
Ciertamente, el caos no será sólo financiero. El sueño europeo de prosperidad mancomunada, sin los conflictos armados que azotaron al continente en siglos pasados, se esfumaría, y las rencillas nacionales, hoy apenas latentes, podrían tomar una manifiesta expresión.
Así las cosas, conviene a Alemania y Francia – países líderes de la Unión Europea- multiplicar el respaldo a Grecia tanto para aliviar sus dificultades como para neutralizar el probable efecto dominó.