Las manifestaciones en contra de Wall Street, las bruscas oscilaciones del euro y el futuro incierto de una Europa unida, la primavera árabe que puede acabar en infeliz invierno: manifestaciones y evidencias del declive estructural del sistema capitalista que modela a la aldea global desde hace varias décadas.
Se acumulan las evidencias que indican que esta ideología económica es incapaz de lidiar con las imperfecciones del mercado. Varios factores explican este descalabro. Uno de ellos es la reducción arbitraria de los poderes estatales, confiando en la “sabiduría” de las fuerzas del mercado. Decisión peligrosa considerando que demanda y oferta se apegan a los intereses de grupos monopólicos sin que los estados nacionales puedan contrariarlos.
Es más: probablemente el capitalismo ha fomentado una pecaminosa alianza entre empresarios y políticos, que distorsiona gravemente las estructuras distributivas al tiempo que permite a los burócratas de ambos sectores eludir los impuestos que deberían pagar.
No debe sorprender, por lo tanto, que importantes economistas – desde Krugman a Stiglitz- ponen en duda hoy las inocentes premisas de un Samuelson, y reclaman por consiguiente que el actual sistema, que corroe y corrompe a grupos y sindicatos que ya no defienden a campesinos y obreros, sea sustancialmente rectificado.
Tal vez la actual reunión en Bruselas conceda un respiro al Euro y a los 17 miembros principales de la Unión Europea. Pero tendrá corto alcance si las premisas y prácticas fundamentales del capitalismo ortodoxo no se modifican en breve y profundamente.