El apartheid fue reglamentado en Suráfrica. Paradójicamente, un representante de la Iglesia Rerformista holandesa, el Dr Mallan, Primer Ministro desde 1948, dictaminó la separación física de las etnias blanca y negra. Cuatro años más tarde, miles de sudafricanos de raza negra fueron expulsados de Johannesburg y otras ciudades a fin de preservar ¨la blancura¨de éstas. Esta medida francamente racista se apoyaba en el temor de que la mixtura o convergencia de las razas pondría fin ” a la civilización europea¨en este rincón del mundo, parcela del imperialismo inglés.
Hoy no cabe concebir que las leyes cometerán esta clase de abusos. Serán duramente censurados por la opinión pública internacional. Sin embargo, la separación étnica se prolonga o se encubre con la divergencia económica: las clases, en lugar de las razas, gestan diferencias entre y dentro de ciudades. En algunos casos, la Policía privatizada por los poderosos prohiben el tránsito a pie o en automóvil de los que se domicilian en otros lugares o de aquellos que, por su vestimenta, “pertenecen” a los miserables.
Las distancias étnicas aún se mantienen de hecho, aunque no se amparan en la Ley. Y las económicas se agigantan. Con otras máscaras y excusas, el apartheid sobrevive más allá o a contracorriente de las apelaciones y protestas.


Probablemente, no. Aunque las masas sirias han multiplicado las protestas en contra del régimen shiita-alaui Al Assad, las fuerzas militares está sólidamente controladas por ramificaciones de su familia. El régimen ha reaccionado enérgicamente contra los insurgentes; más de cien ciudadanos han perecido bajo la metralla. Y la irritación gubernamental se dirige contra El Yezira, estación independiente árabe que opera desde Qatar. Periodistas extranjeros no reciben visa de entrada, y los locales están vigilados por la Policía local.
Sin embargo, el apoyo de Irán y del Hezbollah le asegura de momento la estabilidad al presente gobierno sirio. Este ha prometido mejorar las condiciones de vida y conceder algunas libertades, pero la juventud se inclina a copiar el ejemplo de otros países árabes. Atmósfera contestataria que pone en jaque a regímenes que secularmente han negado libertades a los ciudadanos.
Sin embargo, juzgo que en Siria y en Irán no se verificará el viraje que ya ocurrió en Túnez y en Egipto. Ambos países gozan del apoyo sólido de las élites militares y económicas. Los próximos días hablarán.


  El cotejo  de las tragedias ocurridas en Japón y en Haití muestran que la capacidad

de recuperación nacional depende no sólo de  la magnitud y de los costos del desas-

tre; es determinante el temple y la capacidad económica de la sociedad que padece

el trastorno. El 1 de setiembre de 1923- fecha que los japoneses recuerdan periódi-

camente- un temblo de 8 grados en la escala de Richter sacudió a Tokio. Como se

se verificó al mediodía, a la hora del almuerzo, el fuego estalló en las cocinas y se

difundió a toda la ciudad. Más de 150 mil ciudadanos muerieron. Por añadidura,

el infortunió difundió la falsa noticia de que los coreanos habitantes de la ciudad

aprovecharán la oportunidad para apoderarse del país. Miles de ellos fueron

asesinados por esta vacía hipótesis. En pocos años, Japón superó el descalabro

mediante una rápida modernización y enormes inversiones, que le permitieron

atacar con éxito a China en 1937. 

  Ciertamente, pocos años después – 1945- Tokio fue víctima del constante

bombardeo de aviones norteamericanos. Más de 100 mil japoneses perecieron.

Pero sólo las tragedias en Hiroshima y en Nagasaki los obligaron a rendirse. Sin

embargo, ya en los sesenta el país se recupera, crece a un 10 porciento anual y se

convierte en la segunda potencia económica del mundo. Datos que permiten

sostener que esta nación, celebrada por su tesón y paciencia, también superará

la tragedia que le afecta en estos días.

  No es el caso de Haití. Un temblor de menores proporciones ocasionó la muerte de

más de 300 mil personas, el caos político y económico persiste, y la abundante

ayuda internacional no alcanza a satisfacer las necesidades. Casi un millón de

haitianas viven aún en tiendas de campaña, y la criminalidad crece. Su retroceso

estructural se antoja irremediable.

  El cotejo muestra que sociedades industrializadas y solidarias tienen superior

posibilidad de superar trastornos de la naturaleza. Evidentemente, no le ayuda hoy

a Japón contar con una población envejecida; tendrá que permitir el ingreso de

jóvenes asiáticos que aspiran a emigrar a este país que ofrece altos salarios. Es 

probable que esta medida se tomará, y que los japoneses seguirán mostrando los

más altos índices de seguridad contra desastres y una admirable capacidad de

recuperación.


   Varios rasgos ya caracterizan a la insurgencia social en los países árabes. En primer lugar, se trata de movimientos populares. No es el ejército el instrumento de los vuelcos, sino especialmente la juventud dotada de instrumentos de comunización ágiles que cruzan las fronteras y que son fáciles de esconder. Segundo, parece más sencillo voltear regímenes relativamente moderados, como en Egipto y en Túnez  que a sistemas cruelmente autoritarios, como Siria, Libia e Irán. Estos últimos poseen medios represivos eficientes, que son activados en la primera expresión de revuelta social.  Finalmente, las monarquías ( como en Jordania, Marruecos, Arabia Saudita ) lidian con superior éxito contra las repúblicas, pues la autoridad de los monarcas emana de tradiciones religiosas cuya legitimidad no es aún puesta en cuestión.

   En cualquier caso, cabe indicar que estas insurrecciones no garantizan el despertar  de la democracia liberal. Gobiernos populistas podrían tomar el lugar de los hoy – o antes ayer – represivos. Y algo más: la brutal represión de Gadafi pone al descubierto una vez más la hipocrecía de la política occidental: Europa y Estados Unidos amenazan con intervenciones que no tienen sustento alguno. En Libia se está produciendo una matanza colectiva, pero la ONU y el occidente democrático se limita a declaraciones efímeras y vacías, como en Yugoeslavia, Burundi y Barfur. Todo tiempo que sus ciudadanos tienen  seguro refugio, la indiferencia es la actitud que prevalece.

   Y después del ” triunfo” de Gadafi, seguirá siendo persona grata en París como en Washington ?  Cabe esperar que la deshonestidad de los políticos tiene algún límite honorable.


   Los analistas aún no comparten opiniones : un Islam radical y fundamentalista asedia hoy a Egipto, a Yemén e incluso a Libia¨? O se trata más bien de un ” postislamismo” que contiene elementos occidentalizantes en sociedades aún mal estructuradas ? Se limitará la insurgencia  a Egipto  sin afectar a Gadaffi, que con la ayuda de mercenarios – paga mil dólares diarios – está  sofocando a los rebeldes ? O Europa  y Estados Unidos intervendrán militarmente, ya sea abasteciendo armas a los rebeldes, ya sea de manera directa ? Y cuál es la resonancia que estos eventos tienen en América Latina ?

   Sobre  este asuntop cabe coincidir: estas revueltas carecen de liderazgo. Es decir, de un personaje carismático que simboliza al par que orienta sin titubeos el proceso insurgente.  Sin Castro y sin  el Ché la revolución cubana no habría tenido éxito. Y estas figuras similares faltan en los movimientos libertarios – principalmente de los jóvenes – que hoy recorren a los países árabes y musulmanes. Sin ellas, vendrán el tedio y la fatiga. O la desesperación. Y, finalmente, el fracaso lastimante.

  Esta ausencia de líderes torna más importante la intervención de USA y de la Comunidad europea . Si los rebeldes saben que tienen apoyo internacional, acaso políticos exiliados o figuras hoy anónimas podrían protagonizar  el liderazgo hoy ausente. Mientras tanto, todos los que tenemos la posibilidad de mostrar algún signo   solidario no debemos ocultarnos o manifestar indiferencia.



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