No es fácil en estos días elogiar los logros de estos países en sus seis décadas de existencia. Las actitudes adversas a Israel proliferan. Como si sus acciones militares – ofensivas y defensivas – constituyeran la esencia de este país, y no habrían otras que acaso son más determinantes, al menos para sus ciudadanos.

  Primero, es una democracia. Situación nada fácil en un espacio como el Medio Oriente donde las dictaduras son el régimen previsible, acaso con la excepción parcial de El Líbano.  Y una democracia que se preserva a pesar de las guerras que se reiteran cada siete o diez años, y con líderes que, por corruptos, –de ningún modo en la escala conocida en esta región, en Africa o en América Latina — son rápidamente investigados por la Policía y castigados por los jueces.

  Segundo, Israel se ubica en un territorio donde las deogas abundan. De El Líbano a Afganistán, de Egipto a Irak, los estupefacientes pretenden ingresar a este país y disolverlo desde el interior. Como les ocurrió a los norteamericanos en Viet Nam.   Pero el tráfico se detiene en las fronteras. El consumo de la droga es personal, y jamás acompañado de inseguridad o violencia.

   Tercero, es un país pequeño. Apenas 20 mil kilómeros cuadrados. Apenas una parcela de los estados de países como México, Brasil o Argentina. Y con una población veinte veces menor. Sin embargo, ya está en la etapa postindustrial.  Supera a países como India y China que nacieron en fechas similares  en desarrollo  tecnológico y en unidad nacional. Avance espectacular que se acompaña con la posibilidad de contar con armas nucleares, si las circunstancias así lo exigen.

  Cuarto, llegaron a Israel inmigrantes calificados de Europa, y algunos pocos de Estados Unidos y de América Latina. Pero la mayoría de los migrantes en los años cincuenta apenas conocían la modernidad. Eran analfabetos, marginados, y pobres. La ayuda financiera de Estados Unidos y de comunidades judías sin duda ayudó, pero esto no es ninguna garantía de éxito. Piénsese en Arabia Saudita, con activos financieros dentro y fuera del país, pero con conductas retrógradas en la política y en la cultura. O en países africanos, donde los recursos naturales no escasean.

  Israel cuenta hoy con casi ocho millones de habitantes, de los cuales 6.5 millones son judíos – ateos, agnósticos, tradicionalistas y fanáticos: muy poco los une. Y un millón y medio de árabes son ciudadanos que gozan de derechos y de niveles de vida que los palestinos envidian. También ellos están divididos en grandes familias y en cuatro partidos políticos.  Israel atina a asimilar este volcán conflictivo.

   Reflexiones que no justifican atropellos, ásperas actitudes, y conductas adversas al derecho internacional. Los países que puedan tirarle piedras que lo hagan. Pero con honestidad. Difícil prenda en estos días.


   El mundo entero parece haberse declarado en estado de emergencia como resultado de la epidemia de gripe porcina que ataca a México.  Estados Unidos ha tomado medidas drásticas entre los escolares afectados, y en Europa están fraguando la idea de recortar los viajes a este país, y, desde luego, a México.

  Un hecho suscita curiosidad entre los investigadores: por qué la gripe mata en México, y en otros países cursa sin un término fatal.  Acaso por que aquí comenzó? O porque el virus ya satisfizo su hambre? O por las condiciones higiénicas lamentables¨? 

  Esta curiosa circunstancia la interpreto de otra manera y en términos dispares. La gripe y su diseminación es una prueba más – por si faltaran- del mundo global. Y en este mundo, si el Estado nacional, sus símbolos y su capacidad de autonomía desean cuidarse hay que administrar sabiamente los estímulos exógenos, aquellos que importan e importamos. Hay países que han atinado a preservar las fronteras económicas – que no sólo las políticas- con una sabia administración de las penetraciones globales. Y otros- han perdido de hecho independencia y acaso viabilidad.

  México debe cuidarse y cuidar que esta gripe no simbolice, y mucho menos arrastre, la pérdida de su singularidad  e independencia. La vulnerabilidad del país no es sólo financiera. También reside en la salubridad y en la educación. Ojalá la gripe deje esta lección como única pero importante lección.


  Un cuento jasídico relata que un rabino, en el momento del entierro de su hijo, estalló en carcajadas. Sus alumnos- sorprendidos por este inesperado gesto- le preguntaron la razón de su proceder. El rabino calló. Semanas más tarde, en el instante de la boda de su hija, el rabino se descargó en un penoso llanto. Asombrados, sus alumnos volvieron a inquirir razonres, y esta vez él respondio: ” Cuando mi hijo falleció, mi pena era tan grande que peor que esa no podía concebir; por eso reí por cualquier suceso futuro. Y cuando mi hija contrajo matrimonio, mi alegría me inunda, es alta, pero entonces lloró por lo que vendrá”…

    Este relato es pertinente cuando se observa a los israelíes en este Día de la Independencia nacional. Le anteceden sirenas de duelo que echan vuelo un día antes, para recordar a los 24.567 soldados que han muerto desde 1948 a la fecha en diferentes campos de batalla. Y cuando el ulular se difunde en el aire, todos los ciudadanos, en la calle, en la casa, o en el automóvil, se detienen, arrugan el rostro, y recuerdan a personas cercanas desaparecidas antes de descubrir la vida plena. Y después- retornan a sus tareas y se preparan para las fiestas y conmemoraciones del Aniversario.

  Así, pena y trizteza, lágrimas y sonrisas, se combinan. Como en el relato jasídico. Singular circunstancia que caracteriza a este país, que oscila faltamente entre la paz y la guerra, entre la ilusión y las decepciones.

Y la oración en favor de la paz- cualquiera que sea – los une.



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