A primera vista, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial cosechan beneficios a ra[iz de la Cumbre de Londres última. Los países del G-20 han resuelto triplicar sus fondos con una inyección de 500 mil millones de dólares. El Banco Mundial recoge tambén 250 mil millones de dólares, de modo que ambas instituciones rectores de la economía global pueden ahora ampliar el arco de sus actividades en favor de los países pobres y emergentes.

   Sin embargo, son los gobiernos reunidos en Londres, y bajo el empuje de Obama y de Sarkosy, los que han resuleto imprimir este empujón a los dos organismos. La primacía estatal no se pone en duda. Un capitalismo reformado, en el que los gobiernos recuperan posiciones y soberanía perdidas. está emergiendo como resultado del  tambaleo financiero mundial, que se acompaña con desempleos masivos y bancarrotas de empresas y bancos que se pensaban invencibles y eternas.

   También la decisiónde publicar una lista negra de paraísos fiscales es importante en este contexto. Los dineros ilegales – de narcotraficantes como de grandes inversores- ya no encontrarán seguro refugio en estas comarcas. Pobablemente esocgerán o inventarán otras. Pero hasta que este cambio se materialice, los gobiernos cuentan con recursos para neutralizar parcialmente a los evasores sistemáticos de impuestos y cargas fiscales.

   Un nuevo sistema financiero está naciendo. Acaso no es la reforma más profunda del sistema finciero desde 1945, como argumentó el Presidente francés. Pero es un paso de suma importancia. Abrirá paso a nuevas normas de regulación mucho más estrictas.  Barak Obama y su esposa – cada uno en su esfera – se anotaron buenos puntos en este primer encuentro en el G-20, donde las economías emergentes tienen ahora lo que decir y plantear.

   Las bolsas han reaccionado favorablemente a este giro. Aún es temprano para juzgar que han mudado signo y rumbo, pero estos pasos colocan al sistema mundial sobre otras bases.

  Desde luego, las decisiones no implican que los gobiernos nacionales auspiciarán necesariamente nuevas políticas, o defenderán fervorosamente a los mercados de trabajo. America Latina- y en particular México- deberán revelar nuevos estilos de gobierno y de directrices, a fin de detener los impactos negativos en la economía real, incluyendo la distribución social y justa de bienes y activos.



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