La Secretaria de Estado Hillary Clinton no pudo ser más franca: la responsabilidad por la existencia, la violencia y las pugnas entre los cárteles del narcotráfico mexicano la carga Estados Unidos. Allí se encuentran los que demandan la droga y están dispuestos a pagar por ellas ( se estima en más de veinte millones de norteamericanos). Allí están los surtidores de armas de alto calibre que pasan a México para desatar olas de crímenes que parecen imparables. Allí están los dólares que el narcotráfico lo emplea para sobornar a policías y militares, así socabar la legitimidad e incluso la viabilidad del Estado mexicano.

   Y también la Sra Clinton ofreció colaboracón que conviene evaluar sin apasionamientos y sin rencores. No lastima a la soberanía nacional. Por el contrario, puede fortalecerla. Es indudable que el gesto de Clinton- y detrás de ella el respaldo del Presidente Obama- emana de la preocupación por la violencia que los cárteles están exportando a estados fronterizos, y acaso más allá. Texas no tolerará esta arbitrariedad. Ni California.

   Pero ninguna ayuda morteamericana a México, que supere la celebrada distancia entre estos países tan cercanos, tendrá éxito si el FBI y las oficinas especializadas de seguridad no persiguen a los revendedores de las drogas más que a los consumidores. Es obvio que las drogas tienen importantes clientelas en Estados Unidos – también en México – gracias a una red de intermediarios corruptos, incluyendo altos funcionarios norteamericanos.

  En cualquier caso, se ha gestado esta semana un escenario que invita a la colaboración. Los narcos son una amenaza estratégica a México, y deben ser frenados y considerados como tales. Pero Estados Unidos también debe revelar la voluntad de erradicar la corrupción y la violencia en sus propios estados y calles.

De lo contrario, México verá en este gesto na intención imperial que iluminará ( u oscurecerá ) mayores distancias.



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