En momentos en que escribo un mesurado ensayo sobre los cinco retos que, a mi juicio, México deberá encarar en la próxima década leí en El País la inquietante entrevista a Sergio González Rodríguez, autor de Huesos en el Desierto ( Anagrama 2001) que refirió el asesinato a mujeres en Ciudad Juárez. Ahora discute con superior amplitud la torcida y perversa normatividad de los narcotraficantes, y, en particular, la inclinación a decapitar a las víctimas. Las mafias – en Italia, USA, o Europa oriental- acostumbraban matar con un número poco ahorrativo de balas. Como si temieran que una sola, en el lugar justo y terminal, no fuera suficiente. El símbolo del despilfarro y de la crueldad disparatada era importante. Pero aparentemente el asesinato tiene hoy una escalada: separar la cabeza del cuerpo como acto final, irreversible, que conlleva el miedo y la amenaza para los que se atrevan en el futuro a ofender o contradecir los hábitos de los narcotraficantes.
Esta cruel modalidad del asesinato siembra la barbarie – no sólo el temor – en México. Los bárbaros- así llamados por los griegos a los pueblos cuyo idioma no entendían – retornan, quitando viabilidad a un país amenazado por otros factores. Los casi 200 decapitados que aparecieron en el 2008 constituyen una elocuente y aplastante evidencia del poder ya adquirido por los narcotraficantes. Poder que se manifiesta en una corrupción que puede convertirse rápidamente en sistémica y acaso irreparable.
Si en tiempos de la ascendente globalización ya no es posible discurrir sobre “soberanía nacional ” en los términos tradicionales, la seguridad nacional se convierte en una frase irreal, fantástica, en los tiempos y en los textos del narcotráfico. Permea éste a todo el sistema, vertical y horizontalmente. Nadie puede declararse absolutamente inocente.
En estas circunstancias, ” los que se van “, los inmigrantes y ” mojados”, tienen una razón más para abandonar el país aunque vayan a otro donde los peligros no están ausentes. Pero son éstos de otro calibre. Son superables. Y se creen remediables. El México bárbaro es contagioso. Apaga las ilusiones. Generaliza el miedo. Institucionaliza la violencia. Fenómenos que entidades gubernamentales no se atreven a reconocer sus alcances y consecuencias. De momento, personas – inocentes o no – son decapitadas. En el futuro, el Estado lo será. Y un país desprendido del cerebro está condenado a la impotencia. Destino terrible en estos instantes de crisis que, si no se reflexiona, todo se precipita al vacío. A una barbarie multiplicada.

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Vive en Israel, después de trabajar en México durante más de 20 años en el marco de la ONU , de la UNAM y de El Colegio de México.