(Artículo elaborado por Mtro. Marco Gutiérrez, Campus UVM Mérida)

Al cierre del año 2011, Yucatán contaba en números redondos con una población total de 2 millones de habitantes; de ellos, solamente el 47% contaba con una ocupación.

De las 931 mil personas ocupadas al mes de diciembre del año pasado, el 60% correspondió a trabajadores que dependían de un patrón; 26% se empleaban a sí mismos pero sin generar otros empleos; y tan sólo 4% clasificó dentro del rubro “empleadores”, es decir, gente que contrata empleados para realizar su actividad económica.

No es de extrañar por lo tanto, que el 68% del total de la población ocupada, reciba ingresos que no llegan a $6,000 pesos mensuales, situación que se traduce en pobreza para cientos de miles de familias, y que lejos de dinamizar la economía impide el fortalecimiento del mercado interno.

La tasa media de crecimiento anual del empleo formal e informal en Yucatán en los últimos seis años ha sido de 2.8%; y si solamente consideramos al empleo formal, la tasa desciende hasta 1.9%, es decir, se pierde casi un punto porcentual.

En vista del panorama anteriormente descrito, conviene ahora abrir una reflexión sobre el capítulo de micro, pequeñas y medianas empresas (MIPyMES), considerando las posibilidades de desarrollo que pueden encontrar jóvenes universitarios, con la apertura de un negocio de esas características.

En Yucatán contamos con un total de 114 mil empresas de todo tipo y tamaño según el último censo económico, de las que el 99.8% son micro, pequeñas y medianas. En un ambiente de alta competitividad como en el que vivimos, con tendencia a internacionalizarse, las MIPyMES deben estar administradas hoy más que nunca, por líderes que conozcan perfectamente el entorno en el que está inmerso su negocio y actúen con pleno conocimiento de causa.

Las MIPyMES se han convertido en el medio natural donde se desarrollan métodos y maneras de hacer las cosas, que difieren de los utilizados en las grandes empresas, confiriéndoles ventajas competitivas que favorecen su apertura y posicionamiento, como: flexibilidad operativa y capacidad de adaptación a las condiciones cambiantes de los mercados; facilidad para generar empleos; menor tiempo de maduración de los proyectos de inversión; semillero de talento empresarial; costos bajos y precios atractivos para el consumidor, entre otras.

Para toda institución educativa de nivel superior, resulta preocupante constatar que sus egresados pasan por múltiples problemas y tiempo considerable para colocarse en un empleo adecuado a su preparación, principalmente, debido a que nuestra economía no genera oportunidades de empleo de calidad y al ritmo que necesitamos. Lo más triste es observar que jóvenes profesionistas terminen realizando actividades que no tienen nada que ver con sus estudios universitarios.

Si bien gestionar una pequeña o mediana empresa ofrece una alternativa de desarrollo profesional, competir en mercados cada vez más saturados es todo un reto para los nuevos empresarios, por ello, la mayor responsabilidad de toda institución de educación superior es garantizar que de sus aulas egresen líderes que cuenten no solamente con la audacia y la iniciativa para emprender, lo cual en la actualidad ya no basta; sino que sean capaces de imaginar e innovar haciendo pleno uso de la tecnología, a fin de ofertar productos diferenciados en los mercados que incorporen un valor agregado significativo.

Hoy por hoy, las universidades deben asegurar además, la formación de líderes socialmente responsables, capaces de contribuir con sus proyectos a mejorar el nivel de vida de la población; líderes honestos y humanos, que actúen con la confianza del que sabe; líderes capaces de convertir las ideas en planes y los planes en acciones exitosas.

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