Había una vez una princesa que vivía muy feliz en casa de sus padres, por lo que no pagaba renta por el castillo, y que además tenía un ingreso que le daba cierta independencia. Hasta que se topó con su príncipe azul. Desde entonces ya no sabe cuánto dinero le corresponde al mes, ni cuánto puede gastar, ya no digamos en zapatos, sino para el colegio del hijo.
La princesa puso sus finanzas en manos de su príncipe. Bueno, dice ella, es que así debe ser, porque ella dejó de trabajar y aunque ganaba bien, creía que su empleo sólo le daba para comprarse sus caprichitos (se autodevaluaba, pues). Dejó de trabajar para atender a los niños (lo cual es una opción, no una condena por ser mujer) y ahora depende por completo de la tarjeta de crédito del marido, que podría ponerse como Barba Roja si descubre que la princesa se gastó algo que él crea que es indebido.
¿Y Barba Roja da cuentas de sus gastos? No, claro que no, responde la princesa, mientras va en su Mummytroca a recoger al creciente imperio de tres niños a su escuela, para llevarlos a las actividades de la tarde. Es que él es el proveedor, por qué habría de informar.
Total que la princesa no ha hecho bien las cuentas: el dinero lo maneja el príncipe, y ella no considera que dejó de trabajar, pero no de aportar valor a la familia. Parece una historia del siglo XIX, o del XX, pero todavía pasa.
Me recuerda una película de suspenso, viejísima, de Alfred Hitchcock, Sospecha. La linda señorita se va de bruces con el galán, que resulta un apostador y un bueno para nada. La princesita pone todo su futuro en manos del vividor, que ya ni cuentas le da del dinero de ambos (que es sobre todo de ella). La primera clave para que el espectador –y la esposa enamorada- sospeche que el marido podría planear el asesinato es que él mueve las finanzas a escondidas. ¿Sospechas algo de tu pareja? Sigue el dinero.
Pero antes que vivir entre sospechas, vuelve al siglo 21, y comparte: es mejor vivir con un presupuesto acordado entre los dos que vivir engañado, haciéndose la víctima y esperando que tu príncipe te de dinero para cambiar los sillones de la sala, en lugar de gastarlo en la parranda con sus amigos (es que son relaciones públicas).


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Roberto Morán es editor de la revista Dinero Inteligente y de la sección de finanzas personales de Expansión. Economista de formación, empezó en el periodismo de economía y negocios cuando las negociaciones del tratado de libre comercio hicieron que todo el país reflexionara sobre esos dos temas. Ha sido editor de las secciones de negocios de El Economista y El
Financiero. Trabajó también para TV Azteca y para la revista Neo, de mercadotecnia y publicidad. Desde 2006, cuando regresó a trabajar a Expansión después de una ausencia de tres años, se ha especializado en las finanzas personales.
Buenísimo y desafortunadamente más cotidiano de lo que quisiéramos…lo peor es que se repiten más y más dos versiones del “happily ever after”:
1) La princesa envejece felizmente junto a su príncipe hasta que éste duerme el sueño de los justos (el INEGI asegura que las princesas en México vivimos 5 años más en promedio) para encontrarse con que no hay quien llene la despensa y tiene que hacer sus maletas para ir a vivir con la bruja del cuento (su nuera). A veces el príncipe deja un seguro de vida con la idea de que la princesa, que no ha puesto a funcionar las neuronas en décadas, ponga un negocio el cual quebrará antes de seis meses para terminar, sin opción, con la bruja.
2) El príncipe decide “renovar” su modelo de princesa. Con suerte se desprenderá de algunas monedas de oro para pagar los gastos de los herederos, pero la princesa se verá en la necesidad de salir a buscar trabajo con un curriculum empolvado para poder ponerle gasolina a la carroza convertida en calabaza.
En ninguno de los casos la princesa se acordó de monitorear su afore ni de buscar los mejores rendimientos, mucho menos de hacer un ahorro por su cuenta, pues siempre pensó que las historias de terror eran un género alejado de los cuentos de hadas. Y es ay..a las princesas los números nomás no se nos dan!!
Saludos!!
Genial y aterrorizante. Conozco mucha gente en este esquema. Lo malo es que dejar de trabajar por el pretexto de los hijos (que no es pretexto, es una razón honestamente decidida para mucha gente), tiene un costo elevadísimo en la vida personal y de pareja. Yo recomiendo más hacer el esfuerzo de partirse en veinte y tragarse tantita culpa maternal –que valga decir, todas las madres la padecen, aún si no trabajan–, buscar un trabajo, el que sea, para recuperar la condición de princesa, emancipada, y por lo tanto feliz y amorosa.
Aquí os dejo abrir un e-libro muy útil para que lo miréis, se llama “Manual y espejo de cortesanos”, de C. Martín Pérez.
http://www.personal.able.es/cm.perez/comentarioslibros.html
http://www.personal.able.es/cm.perez/Manual_y_espejo_de_cortesanos.pdf
Simula, disimula, no ofendas a nadie y de todos desconfía: antiguo consejo para un joven Rey Sol que te servirá para desenvolverte y medrar en la Corte en la que todos sobrevivimos. Donde hay un grupo de personas, existirá una lucha por el poder, alguien lo conseguirá y a su sombra crecerán los cortesanos que conspirarán para quitárselo o para agarrarse a una porción de poder dentro de su Corte. Tal vez aún no te hayan contado cómo funciona todo esto. Te guste o no, ya estás metido de lleno en la Corte y es mejor que domines sus reglas. Despierta, otros ya te llevan ventaja. Es hora de medrar.
Saludos
Que la princesa trabaje, si… pero en su propio bisness y no como empleada para otro!
Bastante tienen con el hogar, el marido y los hijos como para rendirle cuentas a un Jefe.
Una historia tan común y que parece no perder vigencia.
Es triste ver como mujer a muchas compañeras con carreras profesionales realmente prometedoras pensando más en conseguir marido para no perder el “estatus”.
Creo que es un problema general, lo he visto en todos los niveles socieconómicos, algunas por querer salir del medio, otras por que así fueron educadas y solo estudian en importantes universidades bajo el concepto “mmc” (mientras me caso).
El valor de retarnos a nosotras mismas es lo que más temen las mujeres, el valor de luchar por los sueños es algo que se pierde conforme pasa el tiempo y se crece. No es excuyente el desarrollo profesioanal del laboral. Y si el “principe” no entiende y comparte la idea de la realización de su pareja entonces puede ser que no sea tan “principe” y tal vez en vez de vivir el cuento de hadas se convierta más en una pelicula de terror de la cual muchas mujeres quieren salir.
Bueno para muchas princesas todavía es tiempo de empezar la ACCION y colaborar para el mantenimiento del castillo y la posibilidad de guardar para cuando el príncipe ya no esté en posibilidades de participar en el sostenimiento del castillo.
Con un buen PLAN PERSONAL DE RETIRO deducible de impuestos, puede garantizarse un decoroso retiro y aunque sus expectativas de vida sean mayores, puede poner al príncipe como beneficiario de su ahorro.
Puedo actuar como consejero de cualquier princesa y proponer SOLUCIONES que puedan servirle para su futuro. sbetan_SOS@yahoo.com.mx.
[...] post nació de una combinación entre El Camino Amarillo de Roberto Morán y algunas otras historias de la vida [...]
Qué pasa cuando la princesa trabaja para el príncipe?
Qué pasa cuando el príncipe entiende que no puede sólo con el castillo pero al mismo tiempo quiere tener su propio negocio en el cual la princesa es buena, es complicado pero posible?