Cuando llegó la cuenta, me sentí tentado a poner una denuncia en la Profeco y escribir a Expansión, El Financiero y La Jornada, juntos: me estaban cobrando 350 pesos por una copa que la hostess (o sea la chica que te recibe en el restaurante, pero dicho en idioma snob) me ofreció sin decirme el precio. Ah, pero fue tan amistosa y me dijo que era un vino español, del Priorat, producido por ¡un mexicano!
Yo quise probarlo, porque había leído algo de un mexicano en el Priorat en Expansión, y como supe después, es precisamente de ése del que hablábamos. Tal vez sirva como consuelo que, según una página de Internet (que ni conocía) una botella puede costar cerca de 1,300 pesos.
El caso es que para mí una copa de L’escarabat = gasolina del coche un mes + tres comidas en el trabajo. O una copa = 20 días de gimnasio o un mes de celular o un mes de gas o un cupón por 12 películas en el Videodromo (un club de videos tan presumido como la colonia Condesa en la que está) o medio par de zapatos.
También podría servir para que después platique que probé una copa de L’escarabat, al fin que el dinero sirve para gastarlo y disfrutarlo. La lección es que debo saber qué sacrifico cada vez que me doy un gusto de estos (la verdad, el vino está muy rico, ligero, y si supiera la jerga de los catadores le seguiría con otros adjetivos). Y para eso necesito hacer un consumo conciente, registrar los gastos y tener claro un presupuesto.
El presupuesto te sirve para saber qué vas a necesitar. Si ya guardaste o ya sabes de dónde saldrá el dinero para la escuela de los niños, para la renta, para la ropa, el super y la luz, entonces pide la copa… Pero pregunta primero el precio.


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Roberto Morán es editor de la revista Dinero Inteligente y de la sección de finanzas personales de Expansión. Economista de formación, empezó en el periodismo de economía y negocios cuando las negociaciones del tratado de libre comercio hicieron que todo el país reflexionara sobre esos dos temas. Ha sido editor de las secciones de negocios de El Economista y El
Financiero. Trabajó también para TV Azteca y para la revista Neo, de mercadotecnia y publicidad. Desde 2006, cuando regresó a trabajar a Expansión después de una ausencia de tres años, se ha especializado en las finanzas personales.
Lo que pasa es que con eso de que a los mexicanos nos parece mal que otros pregunten por el precio aunque en el fondo estamos rogando que lo hagan, para saber si compramos o no tal o cual vino o cualquier cosa. Es decir, se ve mal que se te ocurra decir que no comprarás algo porque el precio te parece caro, cuando estás delante de amigos. Mi recomendación es que NUNCA DUDES en preguntar el precio porque el que lo pagará eres tú. Y sí, si sabiendo el precio te da la gana de consumir tu copa de vino, muy a tu salud.
[...] El amante del buen vino sabe que el precio no necesariamente está ligado a lo bueno del caldo (forma de denominar al vino). Frecuentemente estás pagando la popularidad de la etiqueta o ayudando al prestigio del sommelier. Si dudas, pregúntale a Roberto Morán en El Camino Amarillo. [...]
[...] El amante del buen vino sabe que el precio no necesariamente está ligado a lo bueno del caldo (forma de denominar al vino). Frecuentemente estás pagando la popularidad de la etiqueta o ayudando al prestigio del sommelier. Si dudas, pregúntale a Roberto Morán en El Camino Amarillo. [...]