Por @MariodelaRosa

Eran decenas, cientos, de delincuentes, desfilando sonrientes, orgullosos, uno tras otro, a la luz del día, presumiendo el botín en sus manos. Lo digo porque los vi, como uno más de los miles de turistas que nos quedamos varados en Cabo San Lucas el fin de semana patrio. Eran hombres, mujeres y niños, familias enteras de delincuentes armados con palos, piedras y cinismo. Caminaban por la Carretera Transpeninsular, que va de San José del Cabo a Cabo San Lucas, felices de haberse liberado del yugo que significa para ellos la ley, el respeto por el otro, el Estado de Derecho, sin culpa, tras haber robado una, dos, tres tiendas, una, dos, tres veces, casi por gusto, sin necesidad de hacerlo, sólo porque tenían la oportunidad. Que otros estudien el fenómeno que lleva a alguien a olvidarse de los escrúpulos y volverse Fuenteovejuna. Yo les digo lo que vi.

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Apenas la noche anterior, un toro gigante llamado Odile había soplado bufidos ensordecedores de hasta 250 kilómetros por hora encima de ellos y de nosotros, y nos había arrancado los postes de la luz eléctrica para gritarnos al oído lo insignificantes que somos los humanos ante el embate de los huracanes. Las palmeras y las antenas se agacharon al paso del ojo de Odile, los ventanales de los hoteles de lujo se desprendieron, el muelle y sus embarcaciones se llenaron de basura, el oropel de la Luxury Avenue voló, los mil anuncios de “beers” y “shrimps” cayeron, los antros callaron y el famoso bulevar Lázaro Cárdenas, con todo y su Puerto Paraíso, se convirtió esa larga noche en un pueblo fantasma del viejo oeste. “Odile se escucha como si lo estuviera destrozando todo allá afuera, y creo que así es”, decía una tuitera antes de que nos quedáramos sin señal.

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Al otro día, el escenario desolador que todos han visto en fotografías y videos; pero sin registro de muertos ni inundaciones catastróficas, había que lamentar sólo lo material, que se dice fácil pero es lo de menos. Claro, muchos pobres, que siempre sufren más, habían amanecido sin el techo de lámina que los cubría a ellos y a sus hijos, y los turistas con vuelos cancelados dormían en el lobby de sus hoteles, pero la lluvia poco a poco había amainado, el sol volvía a salir y la gente también, no a la playa pero a las calles, saltando los cables, levantando los vidrios, gastando el cash que les quedaba para comprar comida en los pequeños negocios que pronto, cómo saberlo, también iban a ser saqueados.

En pleno 15 de septiembre, sin fiestas patrias por orden oficial, los mexicanos profanaron con sus plantas su suelo (oh patria querida, el cielo un ladrón en cada hijo te dio). Estaban ahí, insaciables. Buscaban dónde celebrar el festín de haberse pasado la ley por el Arco de Los Cabos. Y eligieron la calle, que era de todos pero se volvió sólo de ellos, para instalar barricadas de autos chocolate estacionados uno tras otro, para cerrar el paso a los policías municipales cuando el Ejército aún no llegaba, para entorpecer la limpieza y el restablecimiento de los mínimos servicios, para acaparar la venta de diesel y para impedir la compra libre de víveres de las personas de buena voluntad.

Me hubiera encantado traer fotos, pero como no soy uno de esos reporteros héroes, preferí guardar el iPhone ante el peligro de recibir un golpe de quien quisiera robármelo. Esta la tomó El Universal:

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No fue sólo el saqueo a un Walmart, al que nadie tiene derecho pero que podría alegrar a los herederos globalifóbicos de Robin Hood, sino el hurto a mediodía de la tienda de la esquina y la sucursal de la cadena Oxxo, de la minifarmacia y del Office Max, del centro de atención de Telcel, del City Club y del Costco, del restaurante de lujo en el muelle y de la pequeña marisquería de la esquina, de la tiendita en la calle que lleva a Todos Santos. Y no se llevaban comida y agua por emergencia ni pañales ni medicinas, se llevaban electrodomésticos y botellas de alcohol, pantallas planas de televisión, iPads, sillas y terminales de cobro con los cables colgando. Barniz para las uñas de las señoras, cochecitos eléctricos y tarros de dulces para los niños. Algunos tímidos sólo galletas o un refresco; la mayoría arrasaba, llenaba su camioneta, se iba a su casa a descargar y regresaba por más. “¿Ya vas por la segunda vuelta?”, bromeaban los vándalos entre sí. Sí había gringos “jugando” a saquear de cervezas y turistas curioseando en los malls devastados, pero eran dos de 100. La mayoría, duele decirlo, eran mexicanos.

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Los hombres y mujeres que no roban por placer, turistas y lugareños, se veían desolados, desprotegidos. Los que alcanzamos a comprar algunas cosas a precios estratosféricos antes de que los propios delincuentes armados con palos nos ahuyentaran, preferíamos irnos a las casas y los hoteles a sufrir el estrés por tener que racionar la comida por un tiempo indefinido y la eterna espera de días antes de que volviera la señal telefónica y la de internet para llamar a nuestra aerolínea y pedirle el milagro de que ir por nosotros a un aeropuerto sin torre de control. Si no había policías que pararan el saqueo, menos iba el gobierno a mandar a alguien por nosotros.

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El 16 y el 17 de septiembre el sol salió como en sus mejores momentos, ya no había lluvia ni necesidad de guarecerse, pero salir a las calles era más peligroso que en pleno huracán. Parece que exagero, pero no. Eran decenas, cientos, de delincuentes, unos con palos y paliacates para cubrirse la cara, otros con la sonrisa en los labios. Encerrarse a escuchar las esporádicas transmisiones de Cabo Mil, la única estación de radio disponible, era la única opción. A través de ella oímos una vez en vivo la voz de Miguel Ángel Osorio Chong explicando que medio gabinete federal estaba por llegar al estado y a muchos nos causó un gusto que nunca imaginamos sentir por la voz de un secretario de Gobernación. El mismo gusto que, lo confieso, me hizo saltar de mi asiento cuando escuché sobrevolar por primera vez el helicóptero del presidente, la única aeronave en vuelo en horas. La lejanía de  la capital, la incomunicación, la inseguridad pública, la falta del Estado de Derecho, generaba en nosotros una insospechada sensación de dependencia del centro. Parecía mentira, pero ya no nos sentíamos tan solos.

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El día que por fin pude salir de la zona en el único taxi que aceptó gastar su escaso combustible en llevarme junto con mis acompañantes y otros turistas varados a cambio de una pequeña fortuna, creí que viajaba con la esperanza de encontrar un avión de rescate que me llevara rápido al DF a pesar de la destrucción del aeropuerto y la suspensión de todos los vuelos comerciales. Pero la verdad era que no. En la fila del puente aéreo todos nos dimos cuenta de que lo que realmente queríamos era estar donde sea, menos en el pueblo sin ley. Si íbamos a velar afuera del devastado aeropuerto, sin baños ni comida ni sillas, para esperar horas, días, un avión que pudiera llevarnos a otra ciudad, cualquiera, lo haríamos felices. Estábamos acompañados por desconocidos, nos sentíamos seguros entre extraños en desgracia, amigos del holandés de enfrente, del tapatío de al lado, de los gringos de más allá. Queríamos estar con ellos para protegernos entre todos de la inseguridad causada por los ladrones que ahora, ya lejos de nosotros pero aprovechándose de la desgracia como desde el día uno, tenían a sus propios vecinos como rehenes del mercado negro de mercancías.

El viaje en el avión militar de combate de la Fuerza Aérea Mexicana nos supo mejor que cualquiera en primera clase, sus asientos de red sin respaldo ni servicio de catering fueron el vuelo más cómodo de nuestra vida, y la atención comprensiva de los elementos del Ejército y la Gendarmería -encabezada in situ por su flamante comisario Manelich Castilla Cravioto- nos devolvieron la seguridad que nos habían robado los vándalos. Las Fuerzas Armadas, de las que tanto solemos hablar mal, nos dieron un viaje seguro y confortable donde privilegiaron la atención a los niños y los enfermos. Un viaje de película que terminó en el Hangar Presidencial del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

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“Ayudemos a los hermanos de Los Cabos”, “donemos en los centros de acopio”, escucho en la televisión y leo en las redes sociales de personas, organizaciones y empresas de buena voluntad. Pensar que en la fila de los damnificados también estarán formados, de nuevo lucrando, los vándalos que causaron la escasez, que cerraron las calles y que amedrentaron a los pequeños empresarios de las tiendas de abarrotes, me duele y me enoja. Las decenas, los cientos de delincuentes que yo vi, no merecen recibir la ayuda que los ciudadanos de buena voluntad están enviando a Los Cabos porque en gran medida ellos causaron el caos.

Osorio Chong y el gobierno local prometieron identificarlos y llevarlos a la cárcel, restituir el Estado de Derecho y reactivar la economía pronto. Ojalá así sea, por el bien de los cientos, miles, de cabeños que cada día se levantan a trabajar y no a robar, pero yo no creo que sea posible. No son 20 ni 30 delincuentes. Aunque, para ser sincero, tampoco creía que nos fueran a rescatar.

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Lo confieso: es mi nueva obsesión. Se llama #IceBucketChallenge y es la moda en YouTube, Twitter, Instagram y Vine, desde que el exjugador de beisbol Pete Frates arrancó el llamado “reto del balde de agua fría” y Mark Zuckerberg y Bill Gates lo hicieron viral. Otros empresarios, deportistas y estrellas de talla global se contagiaron pronto, en parte porque una “nomina” a otras a replicarlo, aprovechando el calor del verano. ¿Sólo un juego? No para la Fundación ALS, dedicada a atender a pacientes con esclerosis lateral amiotrófica y beneficiaria del desafío, cuyos donativos subieron como la espuma hasta recaudar una cantidad que me dejó más helado que el hielo de los videos: 15.6 millones de dólares del 29 de julio al 18 de agosto. ¿Mucho? ¿Poco? En el mismo periodo en 2013 reunieron 50,000 (por si alguien dudaba a estas alturas del poder de las redes sociales).

Ya algunas celebridades mexicanas se montaron en la ola, pero aún está por verse quién nominará, digamos, a figuras equivalentes a las provocadas en Estados Unidos, por ejemplo al ingeniero Carlos Slim (compañero de Gates en los rankings de millonarios), o al presidente Peña Nieto (quien podría ponerle el ejemplo a Obama, que ignoró la nominación de Justin Bieber). No sé por qué, pero he visto todos. TODOS. No sé que tanto soy ahora más consciente que antes de la esclerosis lateral amiotrófica, pero no paro de verlos y verlos y volver a reírme, en cada caso por algo distinto. Aquí mi editors’ choice de mis mejores 20 que, muy importante aclararlo, no refleja mis gustos artísticos:

20. El más alcohólico: Chris Pratt Imagen de previsualización de YouTube 19. El más nerd: Mark Zuckerberg Imagen de previsualización de YouTube 18.El más Sheldon Cooper: Jim Parsons Imagen de previsualización de YouTube 17. El más geek vintage (cuerdita y muelle incluido): Bill Gates Imagen de previsualización de YouTube 16. El más zen: Adam Levine Imagen de previsualización de YouTube15. El más escandaloso: Oprah Winfrey Imagen de previsualización de YouTube 14. El más cuidadoso (gorrita incluida): Steven Spielberg Imagen de previsualización de YouTube 13. El más fit: Cristiano Ronaldo Imagen de previsualización de YouTube 12. El más parecido a un Sábado de Gloria: Justin Timberlake Imagen de previsualización de YouTube 11. El más producido: Jaime Camil Imagen de previsualización de YouTube 10. El más telenovelero: Thalía Imagen de previsualización de YouTube 9. El más ¿intenso?: Eva Longoria Imagen de previsualización de YouTube 8. El más Scrooge McDuck: Charlie Sheen Imagen de previsualización de YouTube 7. El más WTF: Lady Gaga Imagen de previsualización de YouTube 6. El más mñeh: Ricky Martin Imagen de previsualización de YouTube 5. El más tímido: Richard Branson Imagen de previsualización de YouTube 4. El más teatrero: Ben Affleck Imagen de previsualización de YouTube 3. El más merecido: Justin Bieber Imagen de previsualización de YouTube 2. Porque siendo él, es el mucho más merecido: Justin Bieber Imagen de previsualización de YouTube 1. El mejor (aunque peor para ella): Belinda Imagen de previsualización de YouTube

Y ahora, el PEOR (sí, peor que el de Belinda):

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Basta. Ahora mención honorífica al más influyente (por haberlo iniciado todo): Peter Frates Imagen de previsualización de YouTube

¿Cuál me falta? Dímelo por favor por Twitter, soy @MariodelaRosa


¿Cómo es la casa en la que viven Fernando Romero Havaux, Soumaya Slim Domit y sus cinco hijos (y por qué nos importa)?

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La revista electrónica de temas de lujo Nowness, de LVMH Moët Hennessy-Louis Vuitton, publicó hace unos días un video realizado dentro de la residencia donde vive la familia Romero Slim, un inmueble diseñado por Francisco Artigas, referente de la arquitectura del sur de la Ciudad de México en los años 50 y 60 del siglo pasado, con influencias del modernismo del austriaco Richard Neutra.

“Es el último sueño de la modernidad hecho realidad”, lo define Fernando Romero, de 41 años, en el video filmado por Matthew Donaldson, primero que la familia permite realizar a un medio de comunicación dentro de su casa.

Se trata de una casa con todo el estilo del barrio de San Ángel, donde creció él, pero en el poniente del DF, cerca del Bosque de Chapultepec, donde creció ella.

“Esta casa es una pequeña sorpresa (en la zona) porque este tipo de villas eran más populares en los barrios del Pedregal y San Ángel”, explica en el video el artífice del nuevo Museo Soumaya.

La arquitectura será “una sorpresa” en la zona, pero no lo es que Romero haya decidido llevar a su familia a vivir a una casa así. En una entrevista publicada en agosto de 2013 en la revista Quién, el arquitecto le contó a la periodista Paulina Delgado que su amor por México nació en el sur de la capital, donde pasó la primera parte de su vida.

“Yo crecí en San Ángel, caminé sus calles toda mi adolescencia”, le dijo. “Esa condición de pueblo del sur de la Ciudad de México siempre me ha gustado”, recordó en la conversación.

¿Por qué nos importa saber cómo es su casa?  Para algunos será para saciar el morbo, pero vale más que eso. En estos tiempos de construir la historia en tiempo real, sirva este trabajo de Nowness para documentar la biografía y el estilo de vida de dos de los personajes más influyentes de la escena social mexicana de nuestros tiempos: él, uno de los arquitectos que con más solidez están cambiando el rostro icónico de la capital; ella, hija del empresario Carlos Slim Helú, una de las mujeres más activas en el mercado del arte en México.

Y esto, créanme, dice más que ríos de tinta. Enjoy.

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¿Cómo hizo Alberto Aguilera, hijo de unos campesinos michoacanos, desprotegido y sin estudios, para convertirse en Juan Gabriel, el máximo ídolo de la música popular mexicana?

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Como todo self-made man que se precie, este ícono de la cultura mexicana del siglo 20 construyó, consciente o no de ella, una filosofía a la que le ha sido congruente desde sus inicios, en los años 70 del siglo pasado, hasta hoy, en que su marca personal vale su peso en millones.

¿En qué consiste esa línea de pensamiento, que convirtió al carismático y talentoso aprendiz de herrero y artesano del “no tengo dinero” en el más grande showman de México, con 30 millones de discos vendidos y más de 200 intérpretes de sus canciones? ¿Qué hizo que este hombre se volviera el ídolo más amado de México a sus 64 años, cuando a sus 16 decía “yo no nací para amar”? ¿Cómo salió del gueto de aquel lugar de ambiente, donde todo es diferente, para suavizar el machismo del charro, en el lugar de siempre, en la misma ciudad y con la misma gente?

Su filosofía se resume en 10 reglas basadas en la autoestima, el deseo de perfeccionismo y la cultura del esfuerzo, piezas claves para entender el pensamiento del hombre que rompió los paradigmas del star-system mexicano a través del softpower. Las reglas del autor del soundrack que México le ha dedicado a sus amores y desamores en los últimos 40 años son:

1. Ser perfeccionista (o “no me es suficiente, quiero otro tantito”)

“Yo no sé si soy un perfeccionista empedernido, lo único que sé es que me gustan las cosas muy bien hechas, admite Juanga en varias entrevistas consultadas para este trabajo. “Hasta que no me mueve, hasta que no siento que la grabación me llega al alma y los huesos, hasta ese momento no la considero terminada, insiste.

2. Desarrollar la autoestima (“a él le falta lo que yo tengo de más”)

“Creo en mí, que es lo mismo que creer en Dios (…) yo siempre estoy seguro de lo que voy a hacer (…) creo en Dios porque creo en mí”, repite con insistencia. Y eso le da orgullo: “Haber siempre sacado adelante a mi familia con mi trabajo“, sobre todo.

3. Aprovechar la “soledad del ídolo” (“ya lo sé que tú te vas… y quizá no volverás”)

“Yo no estoy solo, siempre estoy conmigo”, asegura el Divo de Juárez, quien tiene hijos pero nunca quiso casarse. “Si alguna vez me he sentido solo he aprovechado la soledad porque he pensado y he aprendido mucho de ella, nadie está solo, uno debe aprender a estar con uno”, asegura.

4. Aquilatar el presente (o “ya lo pasado, pasado”)

“Yo no vivo del pasado, vivo en el presente y el futuro lo voy a pasar muerto”, dice Juanga. “Si alguien quiere pasar a mejor vida, tiene que ser en ésta”.

5. Valorar a las amistades (“¿qué daño puedo hacerte con quererte?”)

Juan Gabriel es enfático con sus relaciones amistosas. “El amigo soy yo”, dice. “Y mis amigos no tienen errores, y si alguna vez los cometen, (los perdono y) vuelven a no tener errores para mí”.

6. Conservar el hambre (“tú estas siempre en mi mente”)

“Las privaciones son las que hacen que la gente se aferre más a lo que más le gusta”, dice Juan Gabriel, que vivió tantas de joven. “Los mejores maestros han hecho sus mejores canciones cuando tienen hambre”.

7. Disciplinarse (o “yo seguiré tratando de ser mejor”)

Más allá de las técnicas de canto, para la inspiración el compositor propone el ayuno, técnica del naturismo de la que se ha confesado fanático. “Yo siempre recurro al ayuno porque es una especie de delirio, y lo aconsejo para que la gente pinte mejor, escriba mejor, o exteriorice mejor sus sentimientos, ya sea hacer una entrevista o un libro porque va uno delirando”. Eso dice.

8. Superar las limitaciones (“ahora soy yo quien vive feliz”)

“Alberto se preocupa mucho por saber y aprender para cuidar a Juan Gabriel, es su papá”, declaró en una ocasión. Yo estudié hasta quinto año de primaria, si no quizá habría tenido estudios superiores, el estudio es un atajo, pero soy un gran admirador del ser humano”, agregó, quien reconoce haberse influenciado por figuras de la música mexicana como José Alfredo Jiménez, Agustín Lara, Guty Cárdenas, Tata Nacho y Armando Manzanero. “Yo no sé si sea inteligente, pero me gusta mucho aprender”, afirma.

9. Generar empatía con el público (“debo hacerlo todo con amor”)

“La gente da amor, lo que uno debe devolver es amor”, dice el hombre de los shows apoteósicos. Cuando los entrevistadores le preguntan si esto es molesto, contesta que no. “La gente me hace como quiere en el show (…) pero lo que más he recibido, porque es lo que más he dado, es amor”.

10. Conservar la humildad y la honestidad (o “me nace del corazón decirle que usted es mi vida”)

“Lo más difícil en esta vida es haber nacido, ése es nuestro primer éxito”, dice con frecuencia Juanga para poner en perspectiva sus triunfos y no vanagloriarse demasiado de ellos. “Aparte de que hago lo que me gusta, genero dinero”, agrega para definir humildemente su trabajo. “Me gusta decir todo lo que siento (…) uno dice y promete, uno debe cumplir lo que promete”, afirma.

Las últimas noticias sobre la salud de Juan Gabriel no son buenas, pero a nombre de quienes confiamos en pronto volver a bailar y verlo bailar en un show en vivo como el que dio en Bellas Artes en 1990 (cuyo video dejo abajo) parafraseo un verso de una de sus propias canciones, para decirle a nombre de todos lo siguiente:

Juanga no nos dejes nunca, nunca nunca. Te lo pedimos por favor.

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Para quienes hayan visto The Big Bang Theory, el nombre de Will Wheaton les sonará familiar. Se trata de un bravucón actor de Star Trek con el que Sheldon Cooper está obsesionado porque no se presentó a una firma de autógrafos a la que él acudió cuando era más joven. El adorable científico jura vengarse (no es para menos, lo decepcionó tras viajar 10 horas en autobús para verlo), pero al final acaban haciéndose amigos.

Wheaton se interpreta a sí mismo en la serie. Es decir, interpreta a un nerd, como él. Los nerds, ya se sabe, son ese tipo de personas, generalmente introvertidas, que son tan inteligentes que se obsesionan por los temas que les interesan a tal grado que se alejan de los convencionalismos de la mayoría de la sociedad. Acaban siendo, por lo tanto, presas fáciles del bullying, sobre todo en la niñez.

Pero Wheaton parece haberle encontrado el lado bueno a esa condición. En una expo de comics en Calgary en 2013, dijo que ser nerd es formidable.

“Ser nerd o geek no tiene que ver con lo que te gusta, sino con cómo es que eso te gusta. Puede ser el deporte, la ciencia, la lectura, el diseño de moda, construir cosas, contar historias, lo importante es cómo lo amas, la forma en la que lo amas es lo que hace formidable ser nerd”, explicó.

Wheaton hizo una apología de la condición nerd, de la disposición para hacer lo que sea necesario para reunirse con otros que tengan sus mismos intereses, de lo orgullosos que se sienten al hacerlo.

Aquí el video completo:

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¿Será? The Big Bang Theory volvió cool al estereotipo del nerd, pero el bullying fuera de la tribu no ha terminado, especialmente entre los niños. Una jovencita muy probablemente víctima de ataques de sus compañeros le hizo la siguiente pregunta a Wheaton durante una conferencia de la Comicon 2013: “cuando eras niño, ¿te llamaban nerd? Si es así, ¿cómo hacías para lidiar con eso?” Lo preguntó ella, pero seguramente muchos de los nerds jóvenes y no tanto que suelen ir a estas reuniones se sintieron representados.

“Cuando era niño me llamaban nerd todo el tiempo porque no me gustaban los deportes, me encanta leer, me gustan las matemáticas y las ciencias, y consideraba que el colegio era increíble”, recordó Wheaton viéndola fijamente, como si se mirara a sí mismo en el espejo.

“Me dolía mucho, porque nunca está bien que alguien se ría de ti por algo que no escogiste, ¿sabes? No escogimos ser nerds. No podemos evitar que nos gusten esas cosas y no deberíamos pedir perdón porque nos gusten esas cosas”, dijo, como recordando algo, a alguien.

Y entonces llegó una respuesta extraordinaria por compasiva, por empática con el agresor, por liberadora.

“Cuando una persona se ríe de ti, cuando una persona es cruel contigo, esto no tiene nada que ver contigo. No se trata de lo que dijiste, no se trata de lo que hiciste, no se trata de lo que te gusta, se trata de ellos sintiéndose mal sobre ellos mismos. Se sienten tristes. No reciben atención de sus padres. No se sienten inteligentes como tú. No entienden las cosas que tú entiendes.

“Quizá uno de sus padres lo presiona (al agresor) para ser una cheerleader o un beisbolista o un ingeniero, o algo que simplemente no quiere ser. Así que se descargan en ti porque no pueden descargarse con la persona que realmente los está hiriendo.

“Cuando una persona se burla de ti -y sé que esto es duro- honestamente la mejor y más amable reacción es sentir lástima por ellos. Y no dejarte sentir mal por algo que te gusta”, dijo.

Sus palabras eran escuchadas por miles de personas que, por los murmullos que se oyen en los videos de YouTube que registraron el episodio, hacían también una catarsis de su propio dolor.

“Te diré algo”, le dijo a la niña, a todos los niños nerds potencialmente víctimas, “esto mejora considerablemente a medida que creces. Sé que es difícil cuando estás en el colegio y estás rodeado por 400 personas que te hacen sentir mal contigo mismo, pero hay 50,000 personas aquí, y todas pasaron por exactamente lo mismo… ¡y a todos nos está yendo muy bien!”, arengó, arrancando aplausos a la audiencia.

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Lo bueno de ser nerd en la era de los nerds es que estamos en la hora en que todos los Sheldon Coopers del mundo pueden cumplir su amenaza y cobrar venganza tomando conciencia de lo apasionantes que pueden llegar a ser sus intereses, obsesionarse por ellos en el sentido de disfrutarlos, dejar de preocuparse por el qué dirán y acabar entendiéndose con los Will Wheatons.

Aunque quizá la mejor venganza de un nerd sea justo la reflexiva, la pensada, la nerd pues, al estilo de Bill Gates, de quien se dice que en una ocasión sentenció a sus escuchas con una frase lapidaria: “sé amable con los nerds, porque es probable que termines trabajando para uno”. Los fanáticos de las leyendas sobre cómo forjaron sus imperios a la par de su carácter Mark Zuckerberg, Larry Page o el legendario Steve Jobs, apoyarían la moción. Estamos en la era de los nerds.

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Con un gol, Cristiano Ronaldo logró lo que los médicos no pudieron en meses: despertar a David, de 14 años de edad, del coma profundo en el que se encontraba desde que un auto lo arrolló con todo y su bicicleta mientras paseaba por su barrio.

Los papás de David llevaban meses viendo a su hijo acostado en esa cama. Las lesiones que le dejó el golpe ya habían cedido, pero el chico seguía inconsciente y el dolor de sus padres aumentaba.

Un día se les ocurrió algo: ponerle unos audífonos para que pudiera escuchar los partidos de su ídolo, la estrella del Real Madrid, Cristiano Ronaldo. No parecía una gran idea, pero ante el poco riesgo los especialistas lo autorizaron.

Pasaron tres meses y el 19 de noviembre de 2013 llegó el gran día.

Vestido con el uniforme de Portugal, Cristiano metió tres goles en la portería de Suecia para que su selección clasificara al Mundial de Futbol, pero aunque los aficionados al futbol lo duden, ésa no era su mayor hazaña.

Cristiano logró más que eso: que David Pawlaczyk, un niño polaco al que no conocía, despertara justo al escuchar la narración del tercer gol, que fue un golazo, ante la mirada atónita de los médicos y sus padres.

David despertó, pero aunque parezca ironía su sueño apenas comenzaba.

Su historia fue publicada por el diario polaco Fakt y llegó a manos de Cristiano. Al saberla, el futbolista pidió que le mandaran una invitación a él y a su familia.

La cita fue la semana pasada en el estadio Santiago Bernabéu, de Madrid. Ahí David pudo ver en vivo cómo su equipo favorito, el Real Madrid, le ganó 3-0 al Borussia Dortmund en un partido de la Champions League. Uno de los goles, igual que el que lo despertó, fue de Cristiano.

Después del partido, Cristiano se encontró con David, lo abrazó, se tomó fotos con él y su familia, le firmó autógrafos para sus amigos y le regaló una camiseta de su equipo.

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Aquí está toda la historia en video:

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Ignoro si los milagros existen, pero si no, quizá es también casualidad que esta afortunada coincidencia le haya ocurrido a un niño, pues a pesar de la imagen de superficialidad que le achacan sus críticos, Cristiano parece estar muy  interesado en la filantropía infantil.

En 2012, el futbolista y su representante, Jorge Mendes, pagaron un tratamiento contra el cáncer a Nuhazet, un niño de 9 años enfermo desde los 21 meses de edad, al que conoció gracias a una fundación. Lamentablemente murió poco después.

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Ese mismo año, subastó la Bota de Oro que recibió en 2011 para que la Fundación Real Madrid apoyara a niños afectados por los conflictos en la franja de Gaza, zona a cuyas escuelas ya había apoyado vendiendo sus zapatos deportivos.

A principios de 2014 se supo de un caso similar: Cristiano donó 60,000 euros para pagar la operación de otro niño, Érik, quien a sus 10 meses de edad sufría displasia cortical, un trastorno cerebral que le provocaba 30 ataques epilépticos al día.

El futbolista se enteró de este último caso cuando le pidieron firmar un balón y unas botas para subastarlas y recaudar fondos para la intervención, pero él decidió asumir el costo total tras conocer la tragedia del pequeño.

¿A qué se debe su buen corazón? A que quiere publicidad, dicen sus detractores.

Que conste que yo odio el futbol, pero creo que alguien que de niño trabajó duro para mantener a su familia, que a los 15 años estuvo a punto de abandonar su sueño de ser futbolista por un grave problema del corazón, que tuvo un padre alcohólico al que no pudo salvar, que sufrió la drogadicción de su hermano, al que le costó tanto ser el roble que es hoy, pero que siempre tuvo el amor de su madre y ahora además tiene el de su novia y el de su pequeño hijo como cimientos para salir adelante, sólo puede actuar como él.

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¿Qué opinas de esta historia? Cuéntame en Twitter @MariodelaRosa y abajo, en nuestra zona de comentarios.


La máxima “el cielo es el límite” está a punto de caducar.

Mark Zuckerberg, el joven magnate global de las redes sociales y CEO de Facebook, y Larry Page, el creador y CEO de la plataforma que es sinónimo de las búsquedas de nuestra era y gigante de la innovación tecnológica, Google, trabajan para romper un nuevo paradigma que rebase nuestros límites y llegue, sí, al mismísimo cielo.

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La intención declarada por ambos es la misma, simple, ambiciosa y loable: desarrollar una tecnología global capaz de proveer conexión a internet para las dos terceras partes de la población mundial que aún no la tienen por falta de infraestructura. ¿La solución? Según ambos, trabajar en la estratósfera.

¿Fácil? No. ¿Posible? Sí, a decir de los dos.

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Zuckerberg, el ya casi treintañero fundador y CEO de Facebook -desde hace poco también dueño de WhatsApp, Instagram y Oculus VR- desarrolla la misión desde su nuevo Connectivity Lab, un grupo multidisciplinario encabezado por un equipo de científicos expertos en tecnología aeroespacial que dedican su vida a soñar y explorar las vías para entrar a la nueva generación de plataformas de conectividad montando la red en drones, satélites y rayos láser, en asociación con empresas como Ericsson, Mediatek, Opera, Samsung, Nokia y Qualcomm, y organizaciones como el Ames Research Center de la NASA y el National Optical Astronomy Observatory de los Estados Unidos, todo dentro de un proyecto conocido como internet.org, que nutre desde el año pasado.

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Google, que paralelamente invierte en el desarrollo de gadgets, autos autónomos, robots militares y objetos de la generación del internet de las cosas como los esperadísimos google glasses, trabaja por su parte en el Proyecto Loon, basado en una red de globos. Sí, de globos. Estos, alimentados por energía solar, flotarían por la estratósfera y viajarían sobre los límites con el espacio exterior, a una altura dos veces mayor que la de los aviones, para recibir y rebotar las señales de internet provenientes de antenas especiales, y diseminarlas luego a la población que las requiera, sobre todo en áreas rurales o en zonas destruidas después de una catástrofe.

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Ambas empresas están ya en pruebas de campo. Facebook Inc ha trabajado sus primeros experimentos en Filipinas y Paraguay, y Google ha hecho lo propio en Nueva Zelanda.

Las dos campañas publicitarias de estos proyectos son muy parecidas. Ambas apelando a lo emocional de la hermandad y a las posibilidades de que exista un “suelo parejo” para que cualquier persona en cualquier lugar del mundo pueda acceder a la sociedad del conocimiento sin los obstáculos de la marginación que da la pobreza. Google, en un tono didáctico, señala: “a veces todos no son realmente todos (…) si usamos globos, llevar internet a todos es más rápido, más fácil y menos costoso que llevar internet a unos pocos (…) tenemos esperanzas de que pronto todos sean realmente todos”. Facebook, adalid de la amistad en la famosa narrativa de su plataforma, ha comenzado por su parte a viralizar una serie de videos en los que moderadamente en el discurso (“un mundo donde todos los niños puedan consultar Wikipedia para hacer su tarea”), pero no en las imágenes ni en la música épica, dice: “no es sobre la paz universal ni sobre la buena voluntad (…) sino sobre una paz más práctica y asequible (…) un mundo donde todos estemos conectados”.

De esta manera Zuckerberg -quien según un documento regulatorio entregado por su empresa al gobierno de Estados Unidos, gana apenas un dólar al año en Facebook, igual que lo hace Page en Google, y como en su tiempo lo hizo Steve Jobs en Apple- está entrando al club de los gurúes posmodernos con discurso de impulso del progreso, al que pertenecen desde mucho antes que ellos otros dos filántropos legendarios con fortunas basadas en la tecnología: en Estados Unidos el fundador de Microsoft, Bill Gates, y en México el presidente honorario vitalicio de Grupo Carso, Carlos Slim Helú.

Todo muy bien hasta aquí, pero hay una pregunta sin respuesta, la de los 64 mil (o quizá más millones de dólares): ¿por qué si ambas empresas coinciden en un objetivo tan extraordinario, tan definitorio del futuro de la humanidad, no se asocian para potenciar la creatividad de sus equipos, alcanzar el objetivo de manera más rápida y, sobre todo, reducir los altísimos costos que cualquiera de los modelos conlleva?

Según analistas del sector, Facebook, cuya utilidad neta creció de 64 millones de dólares en el cuarto trimestre del 2012 a 523 millones en el cuarto trimestre del 2013, está desde hace años en una especie de “guerra fría por el futuro” contra Google, que obtuvo en el cuarto trimestre de 2013 un beneficio neto de 3,376 millones de dólares. ¿Qué les preocupa? Volverse obsoletas o, en buen mexicano, que en unos años, en pocos años, tras poner el circo, les crezcan los enanos.

***

Mark Zuckerberg hizo equipo para crear Facebook en Harvard. Page también, para crear Google en Stanford. El primero dijo el año pasado, en el encuentro de emprendedores Startup School en Cupertino, California, que los buenos equipos toman mejores decisiones que los individuos. El segundo, en su sitio dedicado al Proyecto Loon, convoca abiertamente a participar a quienes quieran entrar como voluntarios en sus experimentos.

Ambas compañías están inventando el futuro. Zuckerberg tiene millones de “amigos” y quiere más. Page hace constante alarde de su espíritu de crowdsourcing. ¿Harán equipo entre ellos dos en una misión tan trascendental como la que se han puesto enfrente?

Puede que al final, de alguna manera o de otra, todos acabemos conectados. Todos, excepto dos perfiles, el de Mr. Zuckerberg y el de Mr. Page. Si es así, sólo faltará saber si el cielo será azul como Facebook o blanco como Google +. Y cuál de los dos se irá al infierno.

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Enrique Peña Nieto, Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador están de acuerdo en una cosa: el petróleo es nuestro. Y no es que lo parezca: el priista, el panista y el perredista han lanzado incluso campañas para reforzarnos esta idea. Aquí van tres pruebas, una para cada quien:

1. Peña Nieto hizo público este lunes, después de presentada su propuesta de Reforma Energética, un spot en el que una voz en off -que en otros anuncios habla de “mover a México”- nos dice que el petróleo es nuestro… igual que el sol, el agua y el viento.

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2. El sexenio pasado, la administración de Calderón puso en boca de todos un anuncio en el que nos decía que el petróleo es “nuestro tesoro; una riqueza inmensa que pertenece a todos los mexicanos de hoy y de mañana”.

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3. El excandidato presidencial del PRD, López Obrador, hizo eco de esa reivindicación por medio de una cumbia a través del movimiento social de “resistencia creativa” que, si bien no ha logrado llevarlo a Los Pinos, sí lo ha nombrado “presidente legítimo”.

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Ok, no hay duda pues. Bravo. Ahora, señores, que el petróleo es nuestro, no queremos ver pordioseros, enfermos sin hospitales y muchachos sin liceo. Lo digo yo, que me incluyo entre los poseedores en el caso de que los políticos estén hablando de nosotros, los mexicanos, pero me inspiro en la letra de la canción “Ahora que el petróleo es nuestro”, del compositor y activista venezolano Ely Rafael Primera Rosell, conocido como Alí Primera, quien murió joven en 1985 y que muy certero escribió: “viva la soberanía / qué tal señor presidente / si se convierte en ‘comía’”.

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En estos días en los que se discutirá en el Congreso y fuera de él la reforma que podría estar marcando este sexenio y el futuro del país, no estaría mal que algunos de los participantes en la discusión se detuvieran tres minutos a escuchar esta canción. A menos, claro está, que por “nuestro” debamos entender, más bien, “suyo”.

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El arquetipo de Superman tiene un largo y antiguo historial de referencias religiosas más que conocidas, pero esta vez parece haber logrado, en su propio protagonista, un “milagro” totalmente palpable.

Enviado de otro mundo por su padre para guiar a la humanidad, este personaje llamado Kal-El o Clark Kent descubre su misión a los 33 años y, en la nueva versión cinematográfica, toma vuelo en posición de cruz con la dirección de Zac Snyder mientras se escucha un coro casi gregoriano cortesía de Hans Zimmer y resplandece en medio de la luz digna de una verdadera transfiguración mesiánica que le prodiga
Amir Mokri antes de liberar al mundo de la maldad del villano General Zod.

Pero el personaje ha logrado esta vez expulsar también a otros demonios: los del nuevo protagonista de la saga, el actor Henry Cavill. Los del ser humano, más allá de la ficción.

Este inglés de 30 años y 1.80 metros de estatura, cuyo sex appeal ayudó sin duda a la película a facturar 125 millones de dólares en su primer fin de semana, estuvo algún día del otro lado de la acera. En su infancia, era un hijo sandwich introvertido y nerd, víctima del bullying debido al sobrepeso debido a que su condición enfermiza le impedía hacer ejercicio. Sus compañeros le decían “El gordo Cavill” y él no tenía más poder para defenderse que llamarle 3 o 4 veces al día de la escuela a su mamá para llorar con ella.

Pasaron los años y la adolescencia de Cavill se parecía a la de Clark Kent: solo, inadaptado, incomprendido. Pero un día, sin que él lo supiera, el destino le haría un guiño. El actor neozelandés Russell Crowe iría junto con Meg Ryan a grabar algunas escenas de la película “Prueba de Vida” a su escuela. Era el 2000. Tenía 17 años.

Cavill, quien estuvo a un paso de terminar en la milicia como muchos de sus familiares, quiso participar como extra en la escena para estar cerca de su ídolo (era fan de Gladiador). Y cuando estuvo ahí, en lugar de pedirle un autógrafo, se presentó con él, le dijo que estaba pensando en ser actor y le pidió su opinión sobre lo difícil que era. Russell le contestó que su profesión era a veces genial y otras, terrible. Todo parecía terminar ahí, pero en realidad todo empezaba.

Dos días después recibió un regalo. Era una foto del Gladiador, un jersey de rugby, algunos dulces y un mensaje que le cambió la vida. Decía: “querido Henry, un viaje de mil millas comienza con un simple paso”. Firmaba “Russell”.

Henry no se sentía digno de que entraran a su vida, pero las palabras de Crowe le bastaron para sanarlo. Por decirlo de algún modo, le dieron súper poderes. Un año después debutó en la película “Laguna”. El siguiente hizo “El conde de Montecristo” y perdió unos 10 kilos. Nunca más “Gordo Cavill”. En 2007 hizo “Stardust”. De ese año a 2010, encarnó a “Charles Brandon” en la serie “Los Tudor”. En 2009 protagonizó “Whatever Works”, de Woody Allen.

Y vino el exorcismo: 13 años después se reencontró con Russell Crowe, que bien podría no haberlo reconocido. “El Gordo Cavill” se había vuelto “El hombre de acero”, metafórica y literalmente. Pero mil millas después Crowe sí lo reconoció, y cómo no: ahora, azares del destino, iba a ser su padre en la película de Warner Bros.
“El Gordo Cavill”, el que estaba preparado para que no le dieran el papel de Superman -como a los 22 años, cuando perdió frente a Daniel Creig el de James Bond-; el que admira más a los héroes que no salen en la televisión, pero que ayudan a sus vecinos y cuidan a sus familiares; el que dijo a The New York Post que le gustaría que su personaje pudiera abrazar a alguien con todas sus fuerzas sin riesgo de matarlo; exorcizó sus demonios.

Hoy, Cavill está en la primera cúspide de su carrera con su interpretación del solitario superhéroe de pasado atormentado que asume su destino. Por verse está si termina encasillado en este papel o algún día muta al de Christian Grey, James Bond o algún otro. Más difícil será que vuelva al de “El Gordo Cavill”.

Pero ¿cómo exorcizar nuestros propios demonios? La propia cinta, como si quisiera redondear este aspecto de la historia de su actor principal, recalca durante su trama cinco consejos dichos al protagonista en distintos momentos y por diferentes personajes. Las reproduzco aquí sin contexto (lo que, lo sé, les da un tufo de mensajes de autoayuda, pero con el objetivo de no arruinar el factor sorpresa de quienes prefieren ir al cine sin conocer los detalles de lo que verán), porque pueden servirle a alguien que esté en su proceso de exorcismo personal.

1. “Los cambios por los que estas pasando algún día serán una bendición”

2. “Aunque te lleve toda la vida, te debes a ti mismo encontrar la razón por la que viniste al mundo”

3. “¿Qué tal si un niño deseaba convertirse en algo distinto a lo que la sociedad dictaba? Qué tal si soñaba algo mejor?

4. “Haz crecido más de lo que creí, la única forma de probar cuánto es probando tus límites”

5. “Tendrás que decidir en qué clase de hombre te convertirás, porque bueno o malo ese hombre cambiará al mundo”

Cavill se volvió superhéroe. También podía haber sido menos valiente y dejarse vencer por los villanos.

¿Qué opinas? ¿Suerte, destino o decisión? Quiero conocer qué opinas, por favor déjame aquí tus comentarios y sigamos la conversación en Twitter, donde soy @MariodelaRosa


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94 años y 49 días vivió Leonora Carrington Moorhead. La mayoría de ellos aterrada, escapando.

Sus últimos días, años, estaba débil, pero ágil. No se detenía, no quería detenerse. Seguía huyendo. Huía de la muerte. Le temía. Mucho. “Muchísimo”, repetía.

Leonora CarringtonSiempre escapando. Viajó de Chorley, Lancashire, en el norte de la Gran Bretaña, donde nació, a Westwood, Crookhey Hall, Hazel Wood, donde creció, y luego a Irlanda, con la abuela.

De ahí a Florencia y Londres, donde se hizo artista con ayuda de Ozenfant; luego a París, donde halló el amor en Max Ernst, la vida en la Rue Jacob y Saint-Martin L’Ardeche, el estilo en el grupo surrealista de André Bretón, Lee Millar, Man Ray y Remedios Varo,  y el horror de la guerra entre Francia y la Alemania nazi.

Más tarde huyó, aterrada, a España, a donde llegó por los Pirineos. Ahí cayó en la más profunda depresión. Escapó, otra vez, a Lisboa, donde halló consuelo y matrimonio en 1941 con el poeta mexicano Renato Leduc. Él la llevó a Nueva York, antes de atravesar en auto por Nuevo Laredo, a México. Aquí vivió sus últimos 69 años, salvo temporadas en que volvía a Nueva York o Chicago.

Ya se había escapado de la rigidez que en su país le exigía convertirse en una dama de la sociedad inglesa; del abismo de la depresión, que la mandó a un hospital siquiátrico en Santander, de las armas de Hitler.

Pero no quería detenerse.

Siempre prefirió el ferrocarril al avión, pero su tren de vida en la vejez sólo le permitía distancias cortas, lentas. De Jalapa a Tonalá, y acaso a Oaxaca, que así se llaman las calles de la Ciudad de México que rodean Chihuahua, donde vivió sus últimos años. Una cuadra para tomar dos minutos de sol, dos para comprar el periódico, otras -en taxi- para ir al supermercado. No conducía porque su maestro de manejo en Chicago le advirtió a tiempo, decía ella carcajeando, que era un peligro público: ser ambidiestra la confundía.

Leonora Carrington Moorhead, símbolo del surrealismo, pintora, escultora, grabadora y litógrafa con obra expuesta lo mismo en The Edwards James Foundation, en Chinchester, Inglaterra; que en The Metropolitan Museum of Art, en Nueva York; el Museo de Arte Moderno, en la Ciudad de México; el National Museum of Women in Arts, en Washington, D.C.; el Museo Nacional de Arte, en la Ciudad de México, y otros recintos de París, Munich o Tokio.

Escritora traducida, al menos, a seis idiomas; generosa, gruñona, aventurera y rebelde, de belleza misteriosa, ojos azules, tambaleante agilidad, memoria en extinción, incierta y solitaria, maga de Alejandro Jodorowsky, austera y vegetariana, hija de padres de ascendencia irlandesa y raigambre católica, madre de dos hijos, David y Pablo, y abuela de varios nietos a los que nunca les enseñó a pintar.

Ella, le temía a la muerte.

Salía poco de su casa, austera y fría, en la Colonia Roma. Nunca sola de noche.

Sus vecinos -los que no sabían que era Ciudadana Distinguida nombrada así por el Gobierno del Distrito Federal; portadora de la Order of the British Empire, otorgada por la Reina Isabel II de Inglaterra, y Medalla de Oro de Bellas Artes en México- la veían con sospecha, gabardina negra larga, piel casi transparente.

Platicar con ella, en los tiempos en los que era una leyenda viva, era un honor. Aceptaba preguntas de malas, las contestaba de buenas. Pocas palabras, muchas ideas.

Una mañana de enero de 2008 tuve el privilegio de hablar con ella, de la vida primero y de la muerte después.

Aquí algunos extractos.

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I. LA VIDA

¿Cómo es el lugar donde nació?

Chorley es una ciudad más bien de negocios, de textiles, en el norte de Inglaterra, una pequeña ciudad. No vivimos adentro del pueblo, vivimos en una casa afuera, Westood se llama, es como campo en Inglaterra, árboles, hierba, ¿qué más le puedo decir?, no sé.

No viví mucho ahí, después mi f amilia se movió a otro lugar más al norte, cerca de Lancashire, que es otra pequeña ciudad muy antigua, que tiene un castillo muy grande al que iban turistas… ¡pero yo no vivía en el castillo!

Leonora CarringtonHablando de castillos, hay una casa en Xilitla, San Luis Potosí, a la que ahora llaman así. Fue propiedad de Edward James, amigo suyo que creó en Las Pozas un paraíso surrealista, ¿no?

Yo fui sólo una vez.

¿Sólo una vez? Porque ahí todo el mundo presume que usted estuvo y que pintó y no sé cuántas cosas más…

No es cierto. Edward James era un buen amigo y él vivía ahí a veces, viajó mucho. Yo lo visité ahí una vez, él vino mucho a la Ciudad de México.

Ha vivido en casi una decena de países. ¿Cuál considera el mejor lugar para vivir?

Yo creo que uno tarda en acostumbrarse a un lugar y uno vive mucho con las costumbres de uno, hay una persona a la que le gusta mucho comer chile, a otro que no le gusta, otro al que le hace daño al estómago, así es todo.

Para mí, mientras las cosas van bien, donde esté, estoy bien.

¿Qué aprendió en la academia Ozenfant, de Londres?

Estudiar el dibujo era lo más importante, con el maestro Ozenfant y otros estudiantes. Yo creo que hay que tener habilidad en todo, hay que estudiar, hay que practicar, tener técnica y una habilidad por lo que uno está haciendo, si yo fuera por ejemplo fotógrafa, necesitaría la habilidad de tomar fotos, también es una técnica.

¿Cómo fue su vida en París?

Pues bien. Bien es estar con buena salud, tener un lugar donde vivir y hacer mi trabajo, el que me gusta.

¿Le gustan las playas europeas?

El sol me quemó aquí (dijo mostrando una protuberancia en el rostro), me lo tienen que quitar con láser, pero de joven era la moda estar un poco bronceado por el sol, hace mucho daño cuando uno tiene la piel blanca, eso fue hace mucho.

Yo me iba a la playa de joven, ¡pero en lugar de ponerme bronceada me puso roja como un camarón!

Usted llegó a la Ciudad de México en los años 50. ¿Qué recuerdo guarda del primer lugar en que vivió aquí, Mixcoac?

Era muy bonito, con muchos árboles. Con el tranvía era muy bonito el viaje al Zócalo, luego hubo mucho tráfico. Era muy bonito el viaje, me encantó.

Y ahora, que vive en la Colonia Roma, ¿qué calles le gustan?

Cualquier calle me gusta. A mí me gusta caminar por (la avenida) Álvaro Obregón, porque hay árboles

¿Sigue yendo al Zócalo?

Muy poco, hace meses que no he ido por el tráfico.

¿Se queda para siempre en la Colonia Roma?

Yo no soy profeta. No soy dueña de todo lo que hago.

¿En cuál de los lugares que conoció encontró la libertad?

Nadie está libre, primeramente, porque nacimos y con suerte vivimos más o menos bien o más o menos mal y morimos. Eso es igual tanto para las hormigas como para nosotros.

¿La falta de libertad qué es? El miedo. Entonces todos tenemos miedo a la muerte y no conozco a nadie que no muere.

¿Algún día usted creyó que la libertad existía?

No sé, yo tengo 90 años, ¿cómo voy a saber hace 90 años lo que sentía yo? A veces bien y a veces mal.

¿No cree que es la misma persona que cuando tenía 20 años o 40?

No sé cómo yo era a esos años, soy distinta en muchas cosas distintas, y no le puedo enumerar. El tiempo es el cambio, y el cambio sí existe.

¿El tiempo sólo se mide en cambios?

No sé si sólo, pero probablemente, todo cambia.

Usted cambió de lugar muchas veces. ¿Pero no estamos siempre en el mismo lugar, en nuestros zapatos?

Eso no lo sé.

Fernando Pessoa decía que la majestuosidad de China no le podía ofrecer cosas más grandes que lo que tenía dentro. ¿Está usted de acuerdo?

A veces sí hay cosas más importantes que uno, como los hijos. Así es que tampoco no es muy cierto eso.

¿Siempre supo que tenía poderes sobrenaturales?

¿Quién? ¿Yo? No tengo ningún poder sobrenatural.

Ya, acéptelo…

No tengo, lo siento, lo voy a decepcionar, pero no tengo poderes.

¿Profesa alguna religión?

No.

¿Cree en un dios?

¿Uno?

¡O una diosa!

Quizá hay de todo. Yo personalmente creo que hay muchos poderes mucho más fuertes que nosotros, pero no sé qué son. Sabemos poco y somos relativamente débiles.

Yo creo que sabemos muy poquito y entre toda esa gente que no sabe o que sabe muy poquito estoy yo, soy de esas personas.

Usted va por el mundo y le gritan la “gran maestra”, la “gran pintora”, la “diosa celta”, la “gran escultora”, la “gran escritora”. ¿Alguna vez se lo ha creído?

No, yo me siento como en el momento me siento, a veces bien, a veces mal, a veces nada.

¿No sale a la calle pensando “yo soy Leonora Carrington” y va viendo a los demás por encima del hombro?

No, ¡ahora veo sólo si alguien me va a atacar!

Es usted más guapa de lo que se ve en las fotografías…

¡Qué bueno que tiene mál gusto! Muchas gracias, pero no lo creo.

¿Por qué rechaza todos los halagos?

Porque yo creo que si uno empieza a querer, por ejemplo si yo quisiera tener 60 años menos de lo que tengo, sentir eso sería muy bueno, pero ahora me falta energía, me faltan fuerzas, uno empieza a perder la fuerza.

¿Qué es el dinero?

La abstracción que domina. El poder.

¿Le gustaría pintar un graffiti?

No, a mí me gusta ver el espacio y el graffiti me parece una cosa muy gratuita de estropear las paredes.

¿No cree que dentro de algunos años vamos a ver el graffiti en los museos?

Probablemente sí, ¿por qué no?

¿Usted navega en internet?

Tengo un computador, que me trajo mi hijo y un poco aprendí a mandar un e-mail, hasta ahí, pero casi nunca la uso.

¿Le gustaría incursionar en el net-art?

No, ya me parece todo tan difícil que para qué voy a dificultarlo más.

¿Qué tal darle voz a la hiena? (de su cuento La Debutante)

Ja, ¡eso sí!

¿Usted es de izquierda o de derecha?

Alguna vez tuvieron ustedes un presidente llamado (Luis) Echeverría, y dijo “ni a la derecha ni a la izquierda, sino todo lo contrario”.

Pero sí es muy enojona…

¿Y quién no está enojado? Todos nos enojamos.

¡Pero es muy temprano!

¿En el día o en la vida? Yo creo que uno tiene que controlar el enojo, porque creo que es muy peligroso, uno puede hacer mucho daño enojándose. Yo no me he enojado hoy, tengo un poco de frío, la casa está fría y no me puedo enojar por eso.

Yo no soy santa, a veces me enojo, a veces sí y a veces no.

II. LA MUERTE

Y qué tal si un día, tras su muerte, la canonizan, Leonora… ¡y dicen que fue una santa!

(Risas) Bueno, eso sería ya en otra parte y cuando esté yo desaparecida, a mi qué. O pueden decir que fue una idiota, una tonta, una criminal o nada, a mí me da lo mismo qué van a decir de mí cuando esté muerta.

Si pudiera hacer un último viaje largo en su vida, ¿a dónde iría?

No sé, hay muchos lugares que me gustan… iría a Nueva York, a París o a Londres.

Leonora Carrington¿Tiene sentido el viaje de la vida?

Nadie me preguntó si yo quería nacer o no, pero nací y yo estoy feliz de que nací porque es muy interesante. No hacer daño a los demás yo creo que es lo más importante.

La guerra me parece terrible, el odio también, y el odio racial me parece terrible y estúpido. Yo vi cómo sufrió la gente con la guerra y con criminales como Hitler, que era el súper criminal, yo vi todo eso, si uno pasa por eso uno ya no puede presumir, yo creo, de nada.

Hay un dicho en Inglaterra: “todo poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Si pudiera elegir su muerte, ¿cómo sería?

Me vendrá sin que yo elija cualquier cosa, solita. ¿Cómo puedo saber? No sé, lo dejo abierto, quizá regrese, quizá no regrese, quizá es el final, quizá no lo es, no sé, me voy sin saber.

Usted no sabe cuándo va a morir, yo tampoco, entonces es algo que nos domina. Uno quiere a otras personas, también uno no es dueño o dueña de lo que pasa a las personas que queremos o a uno mismo.

¿Tiene usted algo que deba perdonarse?

Sí, muchísimas cosas, alguna cosa en la que uno hace daño a algo, a un animal o a una persona, bueno, somos animales, ¡pero si yo pidiera perdón por todas las tonterías o maldades que he hecho en mi vida, estraríamos aquí hasta la otra semana!

Todos tenemos. Usted debería ser sacerdote, por las preguntas que hace.

¿Colecciona algo?

Yo no tengo colección, todo estos libros (en su casa) son de mi hijo médico, viejos libros de Medicina, ni son míos, muchos de los otros también son suyos.

Yo tengo mi propia biblioteca aquí mismo, pero con libros que no tienen valor para otra gente, o que sea para gente que yo leo para aprender, para pasar el tiempo.

¿A quién se la va a heredar?

A mis hijos. No tienen valor, son libros que compro nuevos, no son libros antiguos. Para mí sí, claro, en ese sentido hay unos que ya no me interesan y hay unos que todavía me interesan.

¿Le tiene miedo a la muerte?

¡Muchísimo! ¿por qué? ¿Usted no le tiene miedo a la muerte?

No

Usted quizá tiene razón.

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Pero la muerte, que es una astuta, se montó una noche, 25 de mayo, en el carro de una neumonía. Pasó por ella y se la llevó al último viaje de su vida, un viaje cuyo fin le aterrorizaba.

¿Qué opinas de la trayectoria y el pensamiento de Leonora Carrington? Déjame tu comentario aquí abajo por favor y sigamos la conversación en Twitter, donde soy @MariodelaRosa



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