Ah, bonita costumbre mexicana de sentarse los domingos durante horas a comer y convivir con la familia. Pero hay una delgada línea entre las costumbres y las neurosis. Puede suceder que ya estés sometido a una inercia que pone en riesgo la relación con tu pareja (ya ni piensas qué platicar con ella, total el domingo es para los papás o los suegros), la vida social de tus hijos (que todavía como adolescentes siguen escuchando los mismos chistes de sus tíos alcoholizados que oían de niños) y tu dinero, porque lo estás gastando en algo que no está mejorando tu bienestar general.

La comida del domingo puede ser mala para la salud financiera de tus papás, porque están pagando la despensa de un montón de… ¿cómo decirles? bueno, parientes y sus agregados. Ellos se ahorran el tiempo de preparar la comida o la cuenta del restaurante, y tú te quedas tan tranquilo porque acompañaste a los viejitos y les ayudaste a gastar su dinero.

También puede afectar tus finanzas. Esa costumbre de ir al restaurante cada fin de semana no sólo te cierra la posibilidad de encontrar otras cosas más divertidas que hacer (acampar, conocer nuevos lugares, subirte a la bicicleta) sino que te hace pagar cuentas que se van convirtiendo en absurdas. Porque como se ha vuelto tan aburrida la visita al restaurante, tienes que consumir algo más con la ilusión de que con eso ya será divertida.

Los domingos, con su dosis de sol, de tiempo libre, son limitados, igual que el dinero en tu cartera. Así que ¿por qué no buscar otra manera de emplearlos?



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