Qué mal. Imagínate a la autora del Pequeño Cerdo Capitalista, Sofía Macías, y a un servidor, peleando por pagar la cuenta del restaurante.

¿Quién debe pagar la cuenta? ¿El hombre o la mujer? ¿El que propone la comida o el que la acepta? ¿El que gana más (¿y cómo se sabe quién gana más?)?

Éste es uno de los temas en el que corren ríos de tinta y sobre el que no hay acuerdo y parece que nunca lo habrá. Tampoco es que pase algo si no se soluciona. La respuesta tal vez la tengan los psicólogos evolucionistas, que a la mejor explican que se trata de demostrar el poder, con eso de sacar la cartera, como también dice Isela Muñoz en un post de su blog El Peso Nuestro.

Dan Ariely tiene una buena explicación sobre este tipo de cosas. En su libro Predictably Irrational dedica un capítulo a hablar del valor emocional del dinero. Cuenta una historia: que te imagines en la cena de acción de gracias (o en la de Navidad), disfrutando la comida con tu familia política, pasando una agradable velada y tomando un rico postrecito. Y al final, que le dices a tu suegra, más o menos algo así: “Me la pasé muy bien, ¿cuánto le debo?”. Por supuesto que el siguiente evento familiar lo pasarás solo, en algún restaurante de comida rápida.

Es decir, que hay cosas cuyo valor no se puede traducir al dinero.

Pero no es que se quiera pagar la amistad o la compañía. ¿Qué se quiere pagar, entonces? ¿por qué no es mejor que cada quien pague lo suyo y con eso le provoque un ataque de ansiedad a Martha Debayle, que alguna vez decía en su programa de radio que eso de que los hombres le dejaran pagar a las mujeres no se veía muy bien?

Posibles soluciones al conflicto de quién paga:

1.    Ponerse de acuerdo en quién paga desde el principio. Yo prefiero dividir la cuenta entre los comensales y sanseacabó. El problema es que luego hay quien quiere ponerse dadivoso y pedir botellas de champaña para festejar a su acompañante, así sea un lunes a las 2 de la tarde y tú, como no presumes de burócrata influyente, sí quieres/debes regresar a trabajar, así que no te parece que se justifique ese gasto. Que avise: mira, querido, tú paga tu sopita y tu lechuga y yo te voy a disparar esto. Es como cuando uno quiere que el amigo querido lea a fuerzas un libro y no le queda otra que regalárselo.

2.    Huir de las relaciones abusivas. Cuando sales con amigos y te divides la cuenta, lo normal es que todos queden contentos y no empieces con lloriqueos de que sólo pediste lechuga y tus acompañantes, whisky. Se supone que se quieren y no van a hacer cosas para perjudicarse unos a otros. Si ya se te hace que están abusando con los whisquitos, pues a pedir una cuenta separada de las bebidas y a ser muy claro. ¿Qué no te atreves a ser claro, porque vas a quedar muy mal con ese grupito? ¿no te recuerda a la secundaria cuando te hacían bullying? ¿por qué quieres estar en un grupito que te hace bullying?

3.    Abrir una cuenta llamada “los amigos fanfarrones”. Aceptar que te paguen cuando el otro está tan insistente como mi amiga, y está saque y saque tarjetas de crédito a medida que tú se las arrebatas al mesero, antes de hacer un pancho enfrente de todos. Y depositar el dinero que dices estabas dispuesto a pagar (todo o sólo tu parte) en una cuenta que se usará después para festejar que hubo paz y armonía con una reunión entre todos los implicados en las inútiles discusiones sobre quién va a pagar.

4.    Invitar y pedirle al otro que en lugar de estar dando lata con este asunto tan penoso, deposite el dinero en su obra filantrópica favorita. A mí me gusta Christel House, una escuela para niños de escasos recursos en donde les dan de desayunar para que aprovechen las clases.

P.D. Dice Sofía que se supone que se celebraba la publicación de mi libro (y mi cumpleaños de hace apenas cinco meses). Hago esta aclaración para no derrumbar su reputación, de una persona sensata que está en contra de esos arranques de “yo invito y pidan otra rrronda del coñac que quierrran”


Una vez más, debo darle las gracias a Twitter, que me permitió conocer a Raúl, quien se identificó cuando escribimos sobre los “gastoréxicos”, es decir aquéllos que quieren gastar sólo en lo correcto, como los vigoréxicos que se la pasan en el gimnasio perfeccionando su cuerpo sin descanso.

¿Tú qué crees? ¿Debe un soltero de 20 y tantos o de 30 y tantos gastar casi 30% de su ingreso en comidas, en salidas a antros, sólo por pertenecer? Raúl no está de acuerdo y forma parte de un pequeño, pero incipiente movimiento de ciudadanos que creen que también hay que empezar a ahorrar y a ser un poco más organizado con el gasto. Y, lo mejor, que el sacrificio no es tan grande.

Hablamos de Raúl en un blog de Chilango. Éntrale a la conversación picándole aquí. El Twitter de la revista Dinero Inteligente es @quierodinero


Ahora que la crisis nos tiene a todos tristes, se ha vuelto a poner de moda la eterna pregunta: ¿el dinero compra felicidad? Hay una nueva oleada de libros que estudian las causas de la felicidad y que se preguntan si basta que un país sea rico para que sus habitantes sean felices.

Más valdría, porque en los últimos 35 años, la riqueza de Estados Unidos se ha multiplicado en formas inimaginables, lo que ha tenido consecuencias sobre el ambiente y los recursos del mundo. En un artículo de The New Yorker sobre los nuevos libros que analizan la felicidad, Elizabeth Kolbert, señala que sería una pena que no fuéramos felices después de haber explotado al planeta (aunque agrega que la felicidad tampoco justificaría el desastre que le estamos dejando a las futuras generaciones)

El hombre que ganó el Nobel de Economía por sus investigaciones de economía conductual, Daniel Kahneman, dice que el dinero no nos garantiza que seamos felices, pero la falta de dinero, de seguro sí nos hace sentir miserables. Mira su participación en TED. Ahí explica que las experiencias nos hacen felices, pero tendemos a poner más peso a nuestras memorias que al momento en que experimentamos. Y pregunta. ¿Qué sucedería si no tuvieras fotos de tus vacaciones para recordar lo bien que te la pasaste? Tal vez no escogerías el mismo lugar para vacacionar, e irías a un sitio menos glamoroso, total ya no se trataría de presumirle a los amigos.

Y también dice que debemos dejar de pensar en la felicidad como un sustituto de bienestar. O sea que la pregunta sigue abierta. ¿El dinero nos hace felices? No necesariamente, pero pone las condiciones para que tengamos las experiencias que nos harán ser felices… o recordar que lo fuimos. Mejor escúchalo.


Perdón por el chiste local. Pero es que ahora que el sindicato de electricistas amenazó desde un día antes con estrangular el tráfico en la ciudad de México, todos los capitalinos nos organizamos para mejorar la forma en que nos trasladamos al trabajo. Yo, por ejemplo, por primera vez en tres años, compartí el auto con un compañero de oficina que vive a tres cuadras de mi casa y que todos los días hace los mismos recorridos que yo casi a las mismas horas.

Entre mi ahora amigo y yo tenemos como 10 cilindros, que consumen alrededor de 250 pesos de gasolina en cinco días laborales. Con un día a la semana que compartamos auto, vamos a ahorrar 25 pesos, una bicoca que nos sirve para detenernos a tomar un cafecito en el camino, porque ahora el recorrido no es lo suficientemente largo para terminar de platicar. Si sumamos a los otros dos compañeros que viven en la misma colonia, se multiplican los ahorros.

El premio es más importante: No se trata de andar de cuentachiles, para ver cuántos pesos nos ahorramos con compartir el coche -que no está mal-. Tendríamos que replantearnos el uso de nuestro tiempo. Bájate del coche, ya. Y eso significa planear menos citas, organizar menos cenas de trabajo (sí, tengo algunos jefes que necesitan hacer cenas de trabajo) y empezar también a organizar tu tiempo como peatón con un día de 24 horas y no como automovilista que cree que por sus cuatro ruedas podrá llegar a todos lados.

Si inviertes todo tu dinero en una misma cosa, te estás metiendo en terrenos pantanosos. Si inviertes todo tu tiempo en algo, y generalmente es el trabajo (la única adicción promovida por ciertas empresas), también corres el riesgo de perder cosas valiosas, entre ellas experiencias, que por cierto te ayudarán a hacer mejor tu trabajo.

Y para volver a esto de compartir el auto. Dicen que es más fácil que la felicidad te llegue cuando estás acompañado que cuando estás solo, así que no tengas muchas esperanzas de encontrarla si vas tú solito en tu coche, encerrado, escuchando a uno de esos locutores de noticias que azotan la mesa y molesto porque el automovilista de al lado no te dejó pasar.

Aquí hay un buenísimo artículo de la revista New Yorker sobre la felicidad que se pierde por estar encerrado, solo, en un auto. Pícale aquí.



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